Narcocorrido

JOSU EGUREN
Narcocorrido

En el cuerpo sudoroso de Oliver Stone cabe un buen puñado de contradicciones, algunas tan difíciles de explicar como su doble vertiente de portavoz acreditado de la revolución bolivariana y la de pontífice del exceso cinematográfico, pero así y todo aquí le tienen presentando una volcánica adaptación de la novela homónima de Don Winslow meses antes de estrenar el último capítulo de su hagiografía de Fidel Castro ('Castro en invierno').

De las arenas de la utopía castrista a las playas de Baja California, todo en un movimiento de cámara a ras de suelo que peina una evidente y poco afortunada analogía entre las grandes corporaciones financieras norteamericanas y los macrocárteles de la droga mexicanos. Violencia pulp, sexo grueso, fotogramas incendiados al sol, sobremontaje... y sin embargo en el corazón de 'Salvajes' existe otra película que apela a la gracia de los corazones sensibles que sepan conmoverse con la relación materno-filial que se establece entre Blake Lively y Salma Hayek: el vértice pijo de un triángulo truffautiano y una Reina del Sur que bebe del recuerdo del personaje interpretado por María de Medeiros en 'Airbag'. Nota: Puede que tengan que verla empapados de THC para emocionarse.

En 'Salvajes' ocurren muchas cosas, pero básicamente nada, de ahí que las líneas maestras de la película tiendan a converger en un punto en el que Stone camufla el estatismo narrativo de la película bajo un brillante ejercicio de montaje. El mayor problema de la película, que no imita el ritmo de la novela, es que la endeblez de su estructura pone en evidencia la fragilidad psicológica de sus personajes, por más que Stone se empeñe en jugar la baza de los clichés para empatar el efecto pulp de 'Giro al infierno' (1997). Solo Salma Hayek y Benicio del Toro parecen enterados de qué va una fiesta cadáver tan mansa como un narcocorrido traducido al inglés académico.

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