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El médico que defendió la necesidad de lavarse las manos y fue víctima de su medicina

SOCIEDAD

El médico que defendió la necesidad de lavarse las manos y fue víctima de su medicina

04.05.12 - 01:39 -
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Algo tan higiénico como lavarse las manos no fue una medida fácil de introducir en la cultura médica. Cuando, a mediados del siglo XIX, los especialistas comenzaron a oír que un gesto así antes de entrar al quirófano podía salvar muchas vidas, lo tomaron como una ofensa a su honor. El húngaro Ignacio Felipe Semmelweis pagó cara la osadía.
Semmelweis fue un destacado obstetra que con 28 años, en 1846, fue nombrado asistente del reconocido profesor Klein en una de las maternidades más famosas de Austria, la del Hospicio General de Viena. El especialista húngaro estaba muy preocupado porque había descubierto que las mujeres que daban a luz en casa tenían mucho mejor supervivencia que las que acudían al hospital. Morían un 30% de las parturientas y en algunas salas hasta el 96%. Todas por igual causa, la fiebre puerperal que sigue al parto.
Descubrió entonces que las áreas donde se registraba mayor mortalidad eran las visitadas por los estudiantes. Los alumnos las atendían justo después de asistir a las sesiones de medicina forense en el pabellón de anatomía. No había evidencia científica, pero para Semmelweis estaba claro: sus manos estaban infectadas. Colocó delante de su quirófano un lavabo con agua y un desinfectante y les obligó a lavarse las manos para entrar. Las muertes cayeron por debajo del 1%.
A Klein no le hizo gracia el asunto y puso en contra de su compañero a toda la profesión, hasta que logró su destierro. Semmelweis vivió como un mendigo hasta que otro médico le descubrió en las calles de Budapest y le facilitó un nuevo empleo en un hospital de la ciudad. La historia se repitió. Al final de sus días, el especialista tuvo que ser asistido en un psiquiátrico.
Cuenta la leyenda que aprovechó un permiso para demostrar su certeza y se infectó con material contaminado procedente de una autopsia. Nadie le creyó hasta que 15 años después de su muerte, un francés, Louis Pasteur, comenzó a hablar de microbios. Entonces todos lo vieron: efectivamente, Semmelweis tenía razón.
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