Príncipe de Marte

JOSU EGUREN
Príncipe de Marte

Doscientos cincuenta millones de dólares es lo que ha costado producir el bostezo visual más caro de la Historia, una obra que, lejos de lustrar digitalmente el armazón oxidado de las viejas operetas pulp (excepción hecha de las pantorrillas de Ciaran Hinds), concentra sus esfuerzos en colocar los pilares sobre los que Disney/Pixar planea articular su franquicia marciana. Lo que cabe entre epílogo y el prólogo, las dos únicas fases del proyecto en las que se han fundido los genios del guionista Michael Chabon y el director Andrew Stanton, es una interminable sucesión de diálogos parvularios que preceden a una oleada de escenas anti-épicas subrayadas por una nula atención al lenguaje dramático. Si el referente de Stanton ha de ser, por lógica, el canon literario de Edgar Rice Burroughs (¿por qué no Alfred Tennyson?), es inasumible que el 'John Carter' del siglo XXI derive en maniquí gélido y asexuado, y no sólo él, porque si hay algo que resulta evidente es la dirección artística se aplica en una pudorosa escenificación de los clichés de la 'space opera'. Una secuencia tras otra, en la que nunca resuena el eco inspirador de las odiseas clásicas, 'John Carter' se afirma como una rutinaria atracción de parque temático familiar envuelta en la espectacularidad de las imágenes producidas en un laboratorio infográfico. Aburrido, redundante, perecedero, el primer live-action film de Stanton ('Wall-E') se construye con paneles modulares acarreados por personajes tan planos con la princesa barsooniana interpretada por Lynn Collins, esbirros de quinta categoría como Dominic West y villanos en la sombra que siembran su prosa mecánica de discursos anti-keynesianos, desaprovechando las infinitas posibilidades -de montaje- que le regala un texto en el que Burroughs descubrió el viaje interestelar telegráfico. Habrá quién sepa entenderla, posiblemente una nueva generación de espectadores que aspira a formar parte de la legión de replicantes producida por una máquina de clonar efebos. Sigamos honrando a Moebius.

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