Han existido en la última década albiazul partidos pobres, pésimos y hasta lamentables, pero el duelo perpetrado ayer por el Alavés en El Montecillo ante la Arandina entra ya por derecho propio en el pódium del museo de los horrores de este equipo. Cuando la situación clasificatoria demandaba una respuesta contudente para evitar una situación de emergencia que se ha activado ya con la derrota ante el Arandina, la escuadra alavesista se vino abajo con estrépito.
Es difícil enumerar el catálago de despropósitos acumulados sobre el semihelado campo de Aranda. Si el duelo demandaba por obligación y sentido común contundencia, el Alavés al completó ofreció un curso de endeblez. Con una zaga a la que la ausencia de Quintanilla, único defensa que aúna energía y velocidad, ha convertido en un colador de grandes dimensiones con capacidad para generar situaciones de peligro en el área propia sin necesidad de contar con el rival. Si para ganar un partido de fútbol, salvo contadas excepciones, es necesario aportar un mínimo de fútbol, el Alavés en estos momentos se resume con su incapacidad para trenzar algo parecido a juego.
Comenzó pronto a conceder demasiado. Sin control alguno sobre el balón, con Palazuelos prácticamente pegado a los centrales, Indiano sin mando y Salcedo en labores de bombero defensivo por la izquierda, la escuadra local llegaba por inercia. El equipo vitoriano, además, acumulaba faltas y regalaba acciones a balón parado. En una de ellas Rangel realizó una excelente intervención ante un disparo de Manu que se colaba. Poco después llegó el tanto anulado a Azkorra por fuera de juego, que pareció serlo. La Arandina, hasta ayer en promoción de descenso, que no había ganado en sus siete últimos partidos en casa y solo había anotado un gol, necesitó que el Alavés abriera la compuerta para el único tanto del choque. Palazuelos y otro albiazul no se entendieron y dejaron la pelota en el área que acabó con el tanto de Gabri. Un delantero que durante muchos minutos hizo un nudo a los centrales alavesistas.