Siria absorbe el 10% de las armas que Moscú exporta, siendo así su quinto cliente más importante y el número uno entre los países de Oriente Próximo. En los últimos tres años, el régimen de Damasco se ha gastado en armamentos procedentes de Rusia la nada despreciable cifra de 2.900 millones de euros. El gran país eslavo mantiene además su presencia en el puerto sirio de Tartús, la última base naval fuera de sus fronteras sin contar la de Sebastopol en Crimea (Ucrania). Son poderosas razones que afianzan los vínculos entre los dos países, pero no son las únicas.
El primer ministro, Vladímir Putin, el candidato con más posibilidades de obtener la victoria en las presidenciales del 4 de marzo, daría -de acuerdo con la opinión de numerosos analistas- una débil imagen ante sus conciudadanos, mayoritariamente antiamericanos, y ante la cúpula castrense si cediese a las presiones de Washington y facilitase la aprobación en el Consejo de Seguridad de la ONU de una resolución de condena al régimen de Bashar El-Asad.
Las relaciones entre Moscú y Damasco se remontan a la época soviética. Fue entonces, concretamente en los años 70, cuando surgió la base de Tartús. Desde entonces el flujo de armas rusas hacia el país árabe no ha cesado. El Ejército sirio ha comprado aviones de combate, helicópteros, tanques, misiles y armas ligeras. Una de las últimas adquisiciones de El-Asad han sido 36 aviones Yak-130 para entrenamiento de los pilotos de sus cazas.
Esta transacción, sin embargo, ha sido calificada de «arriesgada» por los especialistas, ya que su monto total asciende a 420 millones de euros y, según el director del Centro de Análisis de Estrategias y Tecnologías, Ruslán Pújov, «las garantías de pago por parte de un régimen tan frágil son inciertas».
Escudo antimisiles
Evgueni Satanóvski, presidente del Instituto de Oriente Próximo, asegura que, más allá de vender armas, lo que Rusia pretende al proteger a El-Asad es «evitar un escenario apocalíptico en la región». «No se trata de defender al régimen sirio, sino de preservar la estabilidad en la zona», afirma Satanóvski.
Rusia se resiste a perder completamente su influencia en la escena internacional. Los planes de EE UU y la OTAN de instalar en Europa el polémico dispositivo antimisiles -que los militares rusos ven como una amenaza- han hecho que Putin opte por demostrar una autonomía de acción que tal vez crea que pueda servirle como elemento de presión en las negociaciones sobre el escudo.
La oposición rusa advierte frecuentemente a Putin que podría acabar como Ben Ali, Mubarak o Gadafi. Hay incluso quien considera que el compromiso del primer ministro con el dictador sirio responde al deseo de obstaculizar un derrocamiento más. Las revoluciones de terciopelo habidas en Georgia, Ucrania y Kirguistán causaron al mandatario de Moscú una alergia crónica a los levantamientos.