Te quedas sin trabajo, te distancias de la familia, comienzas a ir a un parque, te sientas en un banco y... nadie te va a ofrecer un café, pero cualquiera te ofrece un cartón de Don Simón. Así comienza un ciclo que para muchas personas concluye en un Centro Municipal de Acogida, como el que atiende la ONG Cáritas en su albergue de La Estrella, según explica Marta Hernández, técnico del programa de Cáritas.
Ahora la ONG da la vuelta a la historia, y un grupo de jóvenes asiste cada anochecer al centro para compartir un café, una partida de cartas y tal vez una conversación con las 26 personas que pernoctan en el lugar cada noche en el dispositivo de invierno que se inicia en diciembre y concluye el 31 de marzo. «No se trata de cronificar esta situación; este dispositivo es una respuesta de emergencia por el frío», apunta Hernández.
La Constitución española defiende que toda persona tiene derecho a tener un techo. Sin embargo, «es gente que si te encuentras por la calle, la esquivas. Pero cuando tomas un café con ellos ves que no son así, han tenido problemas», señala Álvaro Anguiano, uno de los voluntarios del programa que asegura que la experiencia, «más que sorprender, agrada».
El problema en muchas ocasiones, defiende Marta, es que «tenemos muchos prejuicios». «Aquí hay gente que tiene sus libros de lectura antes de dormir». A las 9 de la noche comienzan a llegar los primeros huéspedes que se acomodan en literas antes de que se apague la luz y se cierren las puertas, a las 11, hora en la que los voluntarios abandonan el Centro.
Historias con drama
Paco Castro -el andaluz- durmió durante años en la plaza del Espolón, entre cuatro cajas de cartón y al calor del vino barato, «y si tienes, un saco de dormir». Lleva doce años sin un techo fijo y desde el 1 de diciembre va al Centro de Acogida porque «no hay más remedio; son los únicos que me ayudan».
Toma un vaso de caldo, pendiente de que no se le vacíe mientras hablamos, y fuma con la izquierda. «No te pongas triste, que soy un hombre muy feliz; mi tristeza ya la sé aguantar», dice mientras cuenta su historia, que a veces rechaza continuar porque insiste que es muy triste. «Jamás en la vida me gustaría repetir esta vida», responde cuando se le pregunta qué quiere en el futuro. Es la primera Navidad que pasa sin familia, dice, y su intención es conseguir el dinero suficiente para coger un autobús que le lleve a Barcelona, donde está su familia. Mientras tanto, «aquí, como en casa».
Frente a él, una joven de 27 años saborea un vaso de chocolate caliente. «Alcohol no lo pruebo para ná, y empecé con la droga, pero ya hace cinco años que no», desde que salió de la cárcel por tráfico, cuenta. «Quiero cambiar de vida, ser una persona normal, estoy buscando trabajo, pero con las pintas que tengo», explica la joven, a la que no le gusta que hombres y mujeres compartan la habitación en el Centro de Acogida. «Depende del carácter de cada persona el dejarlo entre estas cuatro paredes», dice Anguiano, que tras escuchar muchas historias reconoce que «de lo que te das cuenta es lo afortunado que eres».
El proyecto tiene un presupuesto de 11.000 euros para estos cuatro meses por parte de la ONG y el apoyo logístico y del sueldo del vigilante nocturno del Ayuntamiento. «En otras ciudades se suele salir por las calles para ofrecer un café a estas personas, pero nosotros los teníamos aquí y no hay que salir a buscarlos», señala Hernández, que afirma que cualquier gesto, como el llamar a las personas por su nombre, lo responden con gratitud.
En el Centro de Acogida disponen de una cama, una ducha y una lavadora. Ahora cuentan también con el calor humano de estos 25 voluntarios que convierten la sala en un hogar. «No se pelean ni por el mando de la televisión», asegura la técnico que afirma que reina una buena convivencia entre los inquilinos del albergue.
Los voluntarios reciben cuatro sesiones de formación en las que aprenden a mejorar la escucha activa, qué decir y qué no decir y desarrollar una mayor empatía, palpable en el acompañamiento que realizan cada noche del invierno.