Digna película biográfica sobre el sacerdote polaco Jerzy Popieluszko, defensor del sindicato Solidaridad, asesinado por la policía estatal en los años 80, cuando los movimientos insurgentes estaban liderados por el electricista Lech Walesa en los acuerdos de Gdansk, tras la caída, primero del jefe del partido comunista Gomulka (fue uno de los que abogó por la invasión soviética de Checoslovaquia), después de Edward Gerek y por último del general Jaruzelski. Trágicas circunstancias históricas reflejadas en películas como 'El hombre de mármol' (Andrzej Wajda, 1976) o 'Conspiración para matar a un cura' (Agnieszka Holland, 1988).
El realizador Rafal Wieczynski describe de forma minuciosa el 'vía crucis' sufrido por el martirizado sacerdote, encarnado con emoción contenida por el actor Adam Woronowicz, cabeza visible de un fresco histórico con ribetes épicos, que deriva en un canto a la libertad. La película se mueve en dos direcciones: la primera tiene que ver con la toma de conciencia experimentada por el personaje central, mientras que la segunda deriva hacia el conflicto histórico propiamente dicho.
Brilla la forma sincera de mostrar las vivencias de un ser humano íntegro a carta cabal, solidario con todos aquellos ciudadanos que sufrieron los rigores de un régimen brutal, cuya sencillez se impone con todas las de la ley. En cambio, la descripción de los enfrentamientos entre obreros y miembros del partido comunista, el mismo marco histórico, político y social denota cierta inexperiencia por parte de su máximo responsable. Sea como fuere, dejemos constancia de la grandeza espiritual de un religioso admirable, de un hombre inteligente, generoso y bueno, que nunca quiso ser un héroe y que luchó por la justicia y la libertad con todas sus fuerzas. Porque, una vez que la libertad explotó en el alma de Popieluszko, la sinrazón ya nada pudo hacer contra él. Así pues, su ejemplo permanecerá más allá del paso del tiempo y del cambio del contorno.