Toda la vida envidiando ese look lánguido de las chicas del otro lado de los Pirineos y resulta que lo que les pone a los franceses son nuestras mechas cuidadas desde la raíz y peinadas sobre americanas entalladas. «Esa elegancia de las mujeres vascas nos maravilla». Acabáramos. Está claro que ninguna de las tres personas entrevistadas para este reportaje se ha paseado por la juerga de la Magdalena en Elantxobe o empapado de cava en El Celedón vitoriano. Pero no nos tienen del todo mal cogida la medida. «Los vascos como el resto de españoles debéis ser más chovinistas», invita el presidente de la Cámara francesa de Comercio e Industria para el norte de España, Antoine Jobbe Duval.
Lleva toda la vida con un pie en Bilbao y otro en Baiona, Burdeos... donde conocían bien nuestra industria pero no terminaban de entender el impulso turístico de la comunidad tras el despegue del Guggenheim. «Los franceses empezaron a venir a Euskadi y les llamó la atención ese cuidado en el vestir, la alegría y que todo funcionara. '¿Qué está pasando aquí para que todo vaya bien?', me preguntaban una y otra vez. Empezaron a conocer esta sociedad y les gustó tanto que siempre quieren volver».
Las amigas de Cécile Thibaud, corresponsal en Madrid del seminario L'Express y del diario La Tribune de Genève, han buscado toda la vida la marcha en San Sebastián. De nuevo es el «optimismo» lo que más atrae de esta tierra. Bueno, y los pintxos. «Tanto los vascos como los madrileños tienen un carácter muy entusiasta. El francés es muy gruñón y ve el vaso medio vacío. Aquí, no. La gente está contenta del modo de vida y lo reivindica. Quizás los vascos sean un pelín más serios, pero la diferencia es muy sutil».
Derrochones
La periodista afina porque ha estudiado al personal a conciencia para escribir su «etnoguía», donde dibuja a unas mujeres «directas y callejeras». El libro 'Une vie de Pintade à Madrid' (Calman-Levy) es una mirada de esta parisina perspicaz dirigida a las compatriotas con ganas de hacer las maletas para aquí. Cuando ella las hizo hace diez años se encontró con un país «que se movía en coche, cuando nosotros habíamos descubierto la bicicleta hacía bastante tiempo. Este país me pareció pequeño, proporcionado, agradable y provinciano. Ahora, no. ¡Esto es moderno, alegre, vivo!».
Cécile dice que con esto de la crisis somos menos derrochones, que hemos abandonado la fiesta del consumo que nos llevaba «impulsivamente» a los centros comerciales. «La gente vuelve a centrarse en cosas sencillas». Lo que no termina de entender es el «llenazo» de los bares. Da igual mirar a una terraza vitoriana, bilbaína, donostiarra o madrileña. «Dicen que los vascos son más serios que sus vecinos del sur, ¡pero si estáis todos en la calle! Quizás os marque algo el tiempo, pero os veo similares. En la calle y en el trabajo. Son tremendas vuestras jornadas laborales. El jefe no se va, el resto no se va. Eso es tan típico como vuestro entusiasmo».
Los vascos somos también «prudentes». A la hora de invertir y a la hora de relacionarnos. «El emprendedor vasco es mejor gestor, más previsor que sus colegas de otras partes del país. También he notado esa prudencia a la hora de formarse las parejas. La gente va dando pasos, poco a poco, pero sólidos. Los franceses son más liberales. Aquí los niños y los adolescentes están más protegidos por la familia». Lo dice Patrick Fabre, un ingeniero de 44 años, hoy director de una empresa con sede en Bilbao, donde decidió fundar su hogar en 2003 después de vivir en Sao Paulo, Chicago, París... «Aquí me sentí a gusto. Euskadi se ha abierto turísticamente y políticamente. Los franceses perdieron hace unos años el miedo a venir aquí. Ahora, con la paz, se abre una nueva etapa donde los vascos os abriréis aún más y los franceses vendrán aún más».