Con las gotas de rocío matinal todavía brillando en sus negros atuendos, los Gabarre acicalaron ayer, con más mimo que de costumbre si cabe, el panteón familiar que alberga los restos de todos sus difuntos en el cementerio de Derio. Aunque lo visitan siempre que pueden, el día de ayer suponía una ocasión especial para rendir homenaje a los que ya no están. «¡Cómo íbamos a faltar hoy, para un día de fiesta que tenemos todos...!», exclamaba una de las mujeres de la familia mientras regaba un pequeño rosal adosado al espectacular santuario de piedra gris, ya prácticamente oculto por la proliferación de estampas, fotografías y flores de todos los colores. «Tenemos a cuatro generaciones aquí enterradas, y nos cuesta mucho dinero y tiempo mantenerlo así de bonito, pero merece la pena», explicaban.
Estas minuciosas ofrendas florales que forman parte del día a día de los Gabarre sólo están presentes, para la mayoría de bilbaínos, durante el día de Todos Los Santos. El camposanto de la villa vizcaína afrontó ayer la jornada más concurrida del año bajo un cálido sol que animó a muchas familias a visitar a sus difuntos. «Menos mal que ha salido bueno, porque si no este peregrinaje sería el doble de triste...», comentaba Federica, de 80 años, que se había acercado a pie desde la vecina localidad de Sondika para «sentirme más cerca de mi marido, que en paz descanse, y dejarle unos clavelitos».
Desde primera hora de la mañana, los caminos de hierba del recinto se convirtieron en un hervidero de visitantes cargados de ramos. Casi todos optaron por acudir a la cita acompañados. «Siempre venimos juntos a ver a los abuelos, así charlamos y nos resulta menos duro», confesaban José Miguel y su hija, de Bilbao. Otros, en cambio, preferían vivir el momento en soledad. «Me gusta pasar un buen rato arreglando la tumba mientras pienso en mis cosas», desvelaba Antón, un vecino de Indautxu que perdió a su esposa hace unos años.
A excepción de algunos madrugadores como Yolanda, de Artxanda, que decidieron acudir temprano «para estar tranquila y no tener problemas para aparcar», la mayoría de visitantes se dejaron ver por el recinto entre las doce y la una del mediodía. «Aprovechamos para quedar justo antes de comer», explicaban los Gutiérrez, de Deusto, que se llevaron consigo a las más pequeñas de la familia «para que las tradiciones pervivan».
«Aquí manda la crisis»
Como todos los años, los tradicionales vendedores de rosquillas y flores asistían al ir y venir de las familias desde sus puestos. «Esto ha bajado muchísimo desde hace cinco años», se lamentaba José Luis, que lleva casi 25 años apostándose a la entrada del camposanto durante la festividad. «Aquí, como en todos los lados, manda la crisis», añadía el veterano bilbaíno. La pareja de jóvenes floristas apostados a su lado coincidían con el vendedor de rosquillas. «Cada vez más gente incinera a sus difuntos, las generaciones avanzan... en definitiva, la costumbre se está perdiendo», añadían.