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Las heridas de la violencia escolar

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Las heridas de la violencia escolar

El acoso que sufre uno de cada cuatro escolares provoca lesiones psicológicas profundas que, si no se tratan, dejan graves secuelas

26.10.11 - 02:19 -
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«Me sentí muy débil hasta los 10 años sin amigos, ni vida social. No me gustaba ir al colegio, porque los niños se burlaban de mí». Ese es el recuerdo que guarda de su infancia la cantante Miriam Fernández, nacida con una parálisis cerebral que le obligaba a acudir a la escuela en silla de ruedas. El relato que hace de sus años escolares resulta concluyente. «Me rodeaban y, como no podía caminar, me utilizaban de pelota. Me cortaban el paso y todo el mundo se reía». Como ella, uno de cada cuatro niños, el 23% según el más amplio estudio sobre violencia escolar en España, es víctima del abuso psicológico al que le someten sus compañeros. Las secuelas de ese «profundo dolor, que no deja rastro físico, ni moratones, ni sangre, pero pasa factura a lo largo de la vida de la víctima, son demoledoras», advierte el reconocido psicólogo y escritor Iñaki Piñuel y Zabala.
«Al leer esta información, muchos adultos revivirán terribles episodios de violencia psicológica que les marcaron para siempre. Cuando eran niños les convencieron de que vivían en una selva, donde triunfaría sólo el más fuerte y donde lo único que cabía era huir, porque nadie les iba a ayudar. ¿Sabe por qué? Porque todo el mundo trivializa la violencia escolar, que es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad». Piñuel y Zabala participa hoy en la apertura del curso Encuentros con la Salud de EL CORREO, con una doble charla sobre los efectos de este fenómeno en la salud infantil. El acto matinal, en la Universidad del País Vasco, estará presidido por la consejera de Educación, Isabel Celaá.
La mayor parte de los episodios de violencia que sufren los niños en el colegio tiene que ver más con conductas de acoso psicológico que físico. «La ridiculización, la exclusión, el envío de mensajes como 'tu no juegas, eres respulsivo y si quieres estar con nosotros, danos tu juguete...' acaban por hacer que el niño se sienta como un monstruo», relata el experto. Las víctimas son críos iguales que los demás, pero por algún motivo desconocido son elegidos para convertirse en blanco de las burlas de sus compañeros. «Basta un rendimiento extraordinario, el hecho de que sean chicos o chicas más ingenuos, más curiosos, más guapos, cualquier razón vale para convertirlos en chivos expiatorios».
Cuanto más pequeño es el chaval, más difícil resulta detectar esta situación, porque para un niño resulta muy difícil poner palabras a una vivencia así. «Desgraciadamente», cuando lo hacen, los padres tienden a negar el problema. «Sofocan el relato diciendo a su hijo que es normal, que eso siempre ha ocurrido, 'también me pasó a mí, no hagas caso y mira para otro lado'». Tampoco en la escuela, según el especialista madrileño, encuentran la solidaridad necesaria. «Lo habitual es que los padres reciban del centro el diagnóstico al revés: 'su niño no sabe hacer amigos, no sabe integrarse, no sabe jugar ni hacer frente al maltrato'».
El patio es «la guerra»
El efecto más frecuente de la violencia escolar en la salud infantil es el estrés postraumático, una sensación de miedo e inseguridad comparable a la que viven las víctimas de bombardeos, violaciones, secuestros y terremotos. Los niños que lo padecen se muestran más irritables, presentan problemas de atención, tienen miedo, rechazan ir a la escuela, especialmente tras un fin de semana o a la vuelta de vacaciones; y con frecuencia desarrollan molestias psicosomáticas. Dolores de cabeza y estómago, por ejemplo, que vuelven 'locos' a los médicos, incapaces de ver lo que no hay. «Niños con estrés postraumático son frecuentemente diagnosticados de hiperactividad. Esta confusión es tremenda porque no sólo no da con la verdadera causa, sino que, además, revictimiza al niño con un diagnóstico erróneo».
El autor de 'Mobbing escolar: Violencia y acoso psicológico contra los niños' dice que es necesario hacer entender al menor que él no es culpable de lo que le ocurre; y a los centros educativos que, en el horario escolar, son ellos los «responsables del cuidado de los niños». «No mandamos a nuestros hijos a una guerra. Les mandamos al colegio y allí los educadores tienen una posición jurídica de garantes. Son los que han de asegurar la integridad psíquica y física de nuestros hijos».
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