«Los chinos no demandan democracia, sino más bienestar y mayores libertades individuales», aduce Zigor Aldama. A su juicio, la potencia asiática está experimentando una profunda transformación política que no implica relevos en la dirección ideológica. «El Partido Comunista goza de legitimidad absoluta para el pueblo siempre que el desarrollo continúe. Los cambios más dramáticos pueden ocurrir si ese progreso se detiene o las diferencias sociales, ya muy grandes, continúan ampliándose». El periodista vasco, corresponsal en Asia de EL CORREO, hablará esta tarde en Bilbao del nuevo escenario mundial en el que Pekín goza ya de amplio protagonismo y de las maneras de adaptarnos a esta situación.
La conferencia, en la que también se expondrán las iniciativas de la capital vizcaína a este respecto, se desarrollará en el Salón El Carmen dentro del ciclo de charlas del Aula de Cultura de la Fundación Vocento y cuenta con la colaboración de Bilbao Next.
La disidencia política carece de apoyo popular según explica el reportero, y aduce que su relevancia no es la que le dan los medios occidentales. «Parecen muchos, pero no representan ni el 1% de la población». En su opinión, es muy improbable un contagio de la primavera árabe. El descontento está relacionado con la inflación desbocada o el elevado precio de la vivienda o la corrupción. «Cuando cuesta alcanzar los servicios básicos fastidia que otros levanten la pasta», apunta y proporciona ejemplos de retiradas del gobierno ante la presión popular, favorecida por el auge de las redes sociales, e incluso dimisiones de autoridades por escándalos.
La imagen que quiere trasmitir el conferenciante pretende ser lo más realista posible, ya que considera que, a pesar de los años que han trascurrido desde que el dragón se despertó, aún se mantienen muchos tópicos. «Explicarlo es importante porque su impacto es brutal» y recuerda que las decisiones que se toman en Pekín tienen tanta importancia como las que se toman en Washington y Londres.
«No roban materias primas»
El gigante oriental ya no es la fábrica del 'todo a cien'. «A diferencia de nosotros, están invirtiendo mucho en i+d para dar un salto cualitativo en su producción», alega y también pone en tela de juicio esa visión del gigante como el paradigma del capitalismo feroz. «Me hace gracia que los líderes del mundo hablen de su neoimperialismo cuando ellos antes han expoliado el mundo. Los chinos necesitan combustible y materias primas y no las roban, pagan a precios de mercado y construyen infraestructuras que no se habían levantado antes. Es cierto que hacen tratos con Sudán y miran hacia otro lado en Darfur, pero es que EE UU propicia una guerra allí donde quiere sacar algo».
La China mala vende mucho, en opinión de Aldama, y alude las vulneraciones de los derechos humanos y las agresiones al medio ambiente, entre otros reproches habituales, que, curiosamente, ya no se mencionan cuando se producen visitas de sus mandatarios. No niega que sean reales, pero también se refiere a otros logros, como el hecho de haber conseguido sacar a 400 millones de personas de la miseria en 30 años. «Evidentemente, el gobierno hace cosas bien», y reprocha cierta hipocresía a Occidente. «Somos los buenos, adalides de la democracia, cuando hay otro sistema, que no diga que sea mejor, que compite con nuestras reglas, las del capitalismo».