Las pataletas de China nunca daban resultado. Los ruidosos aullidos de Pekín en protesta por la venta de armas estadounidenses a Taiwán jamás habían paralizado el negocio, y las airadas protestas por los aranceles y las cuotas que la Unión Europea impone a las importaciones del gigante asiático caían siempre en saco roto. Hasta ahora. La interminable crisis económica que atenaza a las potencias tradicionales ha adelantado un cambio en el orden mundial que estaba previsto, como muy pronto, para dentro de una década.
China es la salvación. O eso piensan países como Italia, que seduce a Pekín para que meta mano en sus abundantes reservas de divisas -2,4 billones de euros- y compre bonos de su deuda. Un gesto del Gran Dragón puede marcar la diferencia en los mercados. Del pánico a la confianza. Estados Unidos, por su parte, cree en las promesas de Wen Jiabao y espera que el anunciado 'boom' del consumo interno suponga un importante impulso para sus exportaciones y -como dijo Barack Obama en su última visita al gigante asiático- sirva para crear el empleo que tanto necesita para asegurarse una reelección que se presenta cuesta arriba.
Antes había que criticar al país comunista y su falta de respeto por los Derechos Humanos para conseguir votos, pero en el mundo globalizado del siglo XXI es mejor tenerle como aliado. A pesar de que eso suponga dar la espalda a los mejores aliados en el continente asiático. Que se lo pregunten a Taiwán. La antigua Formosa se ha quedado sin los aviones caza F-16 de nueva generación que pretendía comprarle a la superpotencia militar por antonomasia.
Esta semana, Washington no ha dado luz verde, por primera vez y aunque le obliga a ello un acuerdo firmado en 1979, a una remesa de estas aeronaves con destino a la 'provincia rebelde' de China. La isla, aunque sólo cuenta con el reconocimiento de una veintena de Estados de tercera división, es 'de facto' independiente, y vive bajo la amenaza de más de mil misiles que apuntan desde la madre patria, cuya soberanía reclama para sí. Y el único escudo de Taiwán es, justamente, el tratado de seguridad compartida con Estados Unidos. ¿Sería capaz la potencia americana de abandonar a su suerte al fiel aliado de Extremo Oriente para agradar a Pekín?
De momento, parece que la respuesta a esa pregunta que se han hecho varios medios taiwaneses es negativa. Estados Unidos sí continuará proporcionandoles armas, o mejor dicho, munición. Y para que nadie dude de su compromiso con los valores democráticos que simboliza Taiwán, la Administración Obama ha encontrado una fórmula que no contenta a nadie: remodelará los F-16 que vendió a la isla en la década de 1990 para ponerlos al día. La factura será más modesta -unos 4.000 millones de euros-, y los cazas deberían contar con sistemas de navegación y de armamento similares a los nuevos modelos. Suficiente para hacer frente al creciente poderío aéreo y naval del régimen de la hoz y el martillo.
Descontento general
Pero con el parche de la Casa Blanca no han quedado satisfechos ni Ma Ying-jeou, el presidente taiwanés que pretendía hacerse con 66 nuevos aparatos para mantener su fuerza frente a Pekín y ganar, de paso, algunos votos en las próximas elecciones de enero entre quienes lo acusan de blando, ni el Congreso norteamericano, que había aprobado su venta al igual que hizo el año pasado con una remesa de helicópteros 'Apache'.
Ni siquiera el Gran Dragón celebra su victoria. «Los militares chinos expresamos nuestra indignación y nuestra enérgica condena a esta grave intromisión en los asuntos internos de China, que daña su soberanía y sus intereses nacionales», afirmó el jueves el portavoz del Ministerio de Defensa, Geng Yansheng, a través de un comunicado en el que mostró su «indignación» y en el que amenazó con detener los intercambios bilaterales en materia militar, una medida que Pekín ya adoptó tras la venta de los 'Apache'.
Pero la guerra de los cazas queda en una nadería si se compara con la capacidad bélica que China ha adquirido en el terreno económico. Basta con decir que, hace una década, cuando ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC), el gigante asiático contaba con un PIB casi idéntico al de Italia. Ahora triplica el del país europeo y, si se compara el poder adquisitivo de ambos, el factor de multiplicación se acerca al seis. No es de extrañar, por lo tanto, que la Unión Europea mire con ojos suplicantes a la recién nacida supernova financiera.
Y el primer ministro chino, Wen Jiabao, se deja querer. No obstante, en el último foro de Davos, celebrado en la ciudad norteña de Dalian, el dirigente puso los puntos sobre las íes y dejó claro que su ayuda no será gratis. Tiene la sartén por el mango, y el actual estado calamitoso de la UE puede ser una gran oportunidad para conseguir todo lo que hasta ahora se le había negado. Así que, después de reprender a los Veintisiete y pedirles que pongan su casa en orden, Wen hizo saber cuáles son las contraprestaciones que exige -además de los intereses correspondientes- por la salvación.
En primer lugar, el gobernante chino reclamó que se reconozca a China el estatus de 'economía de mercado'. No deja de ser curioso teniendo en cuenta que quien lo demanda es un líder destacado del Partido Comunista más nutrido del mundo. Pero la verdadera razón de esta exigencia está en lo que conllevaría un cambio a este respecto: la eliminación o reducción de los aranceles que gravan multitud de exportaciones chinas que sufren por la apreciación de la divisa china, el yuan.
Parece que, de momento, la UE no pasará por el aro, pero es posible que no le queden muchas alternativas porque, según los acuerdos en el seno de la OMC, ese estatus no se le podrá negar más allá de 2016. «Si los países europeos pueden demostrar su sinceridad varios años antes, esto reflejaría nuestra amistad», disparó Wen. China también busca la supresión de las cuotas que limitan la cantidad de ciertos productos que pueden entrar anualmente a la Unión, y, en lo que respecta a Estados Unidos, ya ha pedido que haga lo propio con los impuestos que se aplican a los neumáticos del gigante asiático.
Son medidas proteccionistas que contravienen las reglas de la OMC, dicen en Pekín. Nadie duda de que así sea, y nadie se atreve siquiera a discutirlo, pero la mayoría teme que el Gran Dragón queme con su bola de fuego lo poco que queda del tejido manufacturero de las potencias que lideraron el mundo en el siglo XX y que ahora se resisten a ceder el testigo a Oriente