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El Guggenheim se pone abstracto

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El Guggenheim se pone abstracto

Una muestra de 71 obras de los fondos de la colección de Nueva York recuerda los años del éxito de la abstracción pictórica

15.06.11 - 02:19 -
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La apertura del edificio de Frank Lloyd Wright en la Quinta Avenida, la famosa elipse, dio una nueva vida a la Fundación Solomon R. Guggenheim. Inaugurado en 1959, situó al museo entre las atracciones turísticas de Nueva York y se convirtió en una postal ineludible de la ciudad, después de quince años de construcción.
En la muestra inaugural había obras de Kandinsky, Léger y Mondrian, la huella de la primera directora de la fundación, Hilla Rebay, una baronesa con un carácter esquinado que fue despedida antes de la apertura, en cuanto murió el patriarca Solomon. Y también se colgaban cuadros de Jackson Pollock, Franz Kline y Adolf Gottlieb, entre otros expresionistas abstractos. Simbolizaban la impronta de James Johnson Sweeney, el segundo director de la fundación y uno de los grandes del arte moderno.
El Guggenheim Bilbao acoge desde ayer una muestra, 'Abstracción pictórica, 1949-1969', con 71 obras de más de sesenta artistas, en su mayoría compradas bajo el mandato Sweeney, un distinguido intelectual que tenía fama de caer bien a todo el mundo.
En consonancia con el espíritu de la fundación neoyorquina, coleccionar arte no-objetivo o abstracto, y en sintonía con las tendencias de aquellos años, la cabeza pensante del Guggenheim reunió una colección como para saltar de entusiasmo. Al verla, parece que los libros de historia del arte adquieren la tercera dimensión y se hacen reales. E incluso al crítico o al aficionado más severo le comprometería demasiado descartar una sola obra de las que se exponen en el museo.
La comisaria de la exposición, Tracey Bashkoff, explicó ayer el criterio de organización de la muestra, más por grupos de afinidad y de amigos, y de las ciudades en que residieron, que cronológico. El recorrido atraviesa los años de gloria del arte abstracto, sigue su expansión mundial y empieza por la Escuela de Nueva York, con un 'pollock' de 1953 raro para el artista, al incluir unos ojos que parecen salidos de una pesadilla.
Un cuadro del granadino José Guerrero fechado en 1956, seis años después de llegar a Manhattan, da paso a otros lienzos entre los que figura uno de James Brooks. Fue un artista de menor relieve que los anteriores, pero muy elocuente en cuanto a la raíz surrealista del expresionismo abstracto: escogía una letra e inventaba una palabra para el título, salido del inconsciente.
El viaje sigue con el grupo CoBrA, nombre que tomaron de la procedencia de los artistas, Copenhague, Bruselas y Amsterdam. Artistas como Karel Appel y Asger Jorn se posicionaron en el límite entre la abstracción y lo figurativo, pintando unas caras inspiradas en el arte primitivo.
Tres creadores españoles, Antonio Saura, Antoni Tàpies y Luis Feito ocupan una de las paredes de la siguiente sala. La presencia de las tres obras -compradas por Sweeney- en la colección de Nueva York da una idea de lo fluido que era el diálogo entre ambos lados del Atlántico. De hecho, como matizó Bashkoff, muchas galerías de Estados Unidos exponían arte europeo con regularidad.
Las balas de Tàpies
Los tres españoles se inscribieron en el arte informal, una tendencia que tuvo su foco de irradiación en París. Si para los franceses, y también para italianos como Alberto Burri, esta corriente se basaba en el gesto libre y hasta cierto punto espontáneo del artista sobre el lienzo, para los españoles esa libertad tuvo un significado político y se constituyó en una protesta contra el autoritarismo de Franco. En el cuadro de Tàpies se pueden 'ver' los agujeros de las balas de la Guerra Civil en la pared, sobre la superficie de la obra. Italia está en los cuadros de Sam Francis, Cy Twombly y Willem de Kooning, representado este último por 'Villa Borghese', una de las cinco obras de los fondos del Guggenheim Bilbao incluidas en la muestra.
A continuación viene la sala dedicada a la variante abstracta de los 'campos de color', con el majestuoso 'rothko' también de la colección vasca presidiendo un espacio en el que se halla uno de los cuadros en gris y negro que el artista pintó al final de su vida, presagio de su suicidio. Y de ahí se pasa al colorido de una de las obras más vistosas de la exposición; 'Harran II', de Frank Stella, hecha en parte con pintura fluorescente. Está en un espacio en el que también se exhiben trabajos de Kenneth Noland, representante como Stella de la 'Hard Edge Painting', la pintura de los bordes claros o afilados.
La psicodelia del 'Op Art' de Vasarely y Riley, una tendencia que impregnó hasta el diseño de cortinas, platos y ceniceros, cierra una muestra que recuerda que no todo en los sesenta se ciñó al pop de Warhol o Lichtenstein.
La exhibición de poderío de la colección neoyorquina también invita a hacer memoria sobre las razones por las que las instituciones vascas firmaron un acuerdo en 1994 con la Fundación Guggenheim y por qué se incluyó una cláusula para que esos fondos se vieran en Bilbao de manera rotatoria. La crisis ha hecho que Nueva York tenga menos recursos para montar exposiciones temporales y se dedique más a fondo a las presentaciones de su colección, también en el País Vasco.
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Una visitante contempla unos de los cuadros más vistosos de la exposición del Guggenheim, 'Harran II', de Frank Stella. :: LUIS ÁNGEL GÓMEZ

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