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¿El amigo americano?

«Mr. Franco, ¿cuánto hace de su última visita a EEUU?» Diálogos imposibles, errores de bulto y apuestas certeras jalonan la diplomacia entre ambos países

28.04.11 - 02:35 -
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Cena de gala en el Palacio de Oriente, en Madrid. Día 31 de mayo de 1975. Franco recibe al presidente estadounidense Gerald Ford y su esposa Betty. Hay otros 150 invitados a un acto que terminará con un concierto en el que los músicos tocarán con los 'stradivarius' de la gran colección del Palacio. Betty Ford se dirige en un momento a Carmen Polo llamándola «alteza», para regocijo de su interlocutora. Algo después, la primera dama de EE UU pregunta a Franco, que lleva casi 30 años sin salir de España, cuánto hace que no visita su país. «Los jefes de Estado no tienen tiempo para viajar», responde sin titubear, ajeno al hecho de que el presidente del país más poderoso de la Tierra está frente a él, en plena gira europea. La desclasificación de documentos del Departamento de Estado y la investigación con fuentes hasta ahora no tratadas han permitido a Charles Powell describir el complicado rumbo de las relaciones entre EE UU y España en el período crucial del final del franquismo y el inicio de la transición. 'El amigo americano' (Ed. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), un título irónico como aclara su autor, es un libro repleto de detalles sobre las difíciles negociaciones acerca de las bases, pero también de anécdotas sobre visitas presidenciales, comentarios inoportunos, presencias incómodas e informes disparatados. La alta política ya daba para todo eso antes de wikileaks.
Las relaciones entre la superpotencia y España estuvieron durante muchos años ligadas al problema de las bases militares. Así lo justifica Powell con numerosos datos sobre informes técnicos, cartas de militares de alta graduación y cruces de documentos diplomáticos. Pero luego esa documentación era digerida por los políticos, que también recibían opiniones sobre el futuro de España o la visión que en la Casa Blanca tenían acerca de los nombres mejor situados para la etapa democrática.
Powell explica que los famosos silencios de Franco, tantas veces objeto de interpretaciones complejas, eran en muchas ocasiones el síntoma del vacío más absoluto. Algo así debió de suceder en ese viaje de Ford a España, cuando al general apenas le quedaba medio año de vida y su aspecto poco tenía que ver con el del hombre de apariencia jovial que había recibido a Eisenhower en una visita que significó el fin del aislamiento internacional del régimen. Ford y Franco hicieron el trayecto entre el aeropuerto de Barajas y la plaza de Cibeles en un 'rolls' descubierto. Según ha contado al autor del libro el diplomático Antonio de Oyarzábal, que iba con ellos para hacerles de intérprete, el viaje tuvo mucho de escena surrealista: ante el silencio de Franco después de subirse al automóvil, Ford no tiene otra ocurrencia que comentar el buen tiempo que hace. Franco ni contesta. Más tarde, se refiere a la multitud que se agolpa en las calles del centro. Nuevo silencio de Franco. Ford, confundido, enciende una pipa, quizá para tener algo que hacer, y pregunta cuántos años tiene la avenida por la que están entrando en la capital (la carretera de Barcelona), a lo que Franco, con voz casi inaudible, contesta, escueto: «Veintiséis». Prácticamente eso fue todo.
«Jubilar a Franco»
Cabe pensar que Nixon halló un Franco más locuaz cuando estuvo de visita privada en 1963. Según documentos estudiados por Powell, el presidente que pasó a la historia por el 'caso Watergate' calificó a Franco de «un hombre leído» que le aseguró que la libertad religiosa no dependía de él y que sostuvo sin inmutarse que en España había «una razonable libertad de expresión». La censura previa de todo cuanto se publicaba no desapareció hasta 1966.
Nixon volvió a España siete años más tarde, siendo ya presidente, acompañado por su consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger. Powell cuenta que éste se entrevistó con Gonzalo Fernández de la Mora y le sugirió que «debían jubilar a Franco» para propiciar la llegada de la democracia. El ministro, que era visto en Washington como la gran esperanza liberalizadora, junto a López Bravo, le contestó diciendo que ya había democracia en España.
Al año siguiente, el entonces príncipe Juan Carlos visitó EE UU. El Departamento de Estado elaboró un informe para Kissinger, que éste elevó al presidente: «No existe la seguridad de que esté en el trono mucho tiempo», explicaba. El analista que hizo el trabajo no acertó, pero no fue el único apunte de trazo grueso de esa época. Pocos meses antes, un general presentó un informe de cara a la renegociación de los acuerdos sobre las bases reclamando un rápido pacto ante la posibilidad de que España fuera atacada por Argelia con apoyo de la URSS...
El propio Kissinger -premio Nobel de la Paz, en una de las más disparatadas decisiones del jurado que lo concede- tenía una mala opinión sobre don Juan Carlos, no tanto acerca de su capacidad como de la trayectoria de su dinastía. Horas antes de que, ya Rey de España, llegara a la Casa Blanca en su trascendental viaje de junio de 1976, Kissinger le recordó a Gerald Ford que «los Borbones habían jodido las cosas durante trescientos años».
El vicepresidente de Ford era Rockefeller, que por un problema de encaje de fechas fue el único mandatario occidental que asistió al funeral de Franco y a la ceremonia de coronación del Rey. El resto de los gobiernos optaron por rebajar la representación del primer acto y apostar por el segundo. No parece que hubiera intencionalidad, pero los analistas se fijaron mucho en ese detalle de la presencia de Rockefeller en ambos acontecimientos. Claro que quizá la Casa Blanca se vio sorprendida por la fecha de la muerte de Franco, dado que el agregado de Defensa de la Embajada en Madrid envió un cable urgente a Washington anunciando que acababa de producirse el fallecimiento... el 21 de octubre, exactamente 30 días antes de que sucediera.
Un diagnóstico certero
No todo fueron errores. Algunos documentos remitidos desde la Embajada en Madrid hasta Washington sorprenden por lo acertado del análisis. El embajador Stabler escribió una serie de apuntes mientras los españoles seguían al minuto las noticias sobre la agonía de Franco. Vistos con la perspectiva del tiempo transcurrido destaca su finura. Powell hace un amplio resumen del documento, del que destaca que «el franquismo sin Franco no era una opción» y que la mejor estrategia para el futuro Rey consistía en nombrar un Gobierno que incluyera a aperturistas del régimen junto a notables ajenos al sistema, que fueran capaces de impulsar «un proceso democratizador estable pero constante».
El embajador, un diplomático de carrera de una sagacidad poco común, afirmaba que lo más probable era que el monarca confirmara a Arias Navarro en el cargo, para mantenerlo solo unos pocos meses. La clave, aseguraba Stabler, estaba en el ritmo de las reformas: no demasiado lentas para no perder el apoyo de los demócratas ni demasiado rápidas, para no suscitar la animadversión de los nostálgicos.
Por todo ello, recomendaba a su Administración ofrecer al futuro Rey «el apoyo que claramente desea de nosotros» aunque advertía de que «una excesiva proximidad» tampoco lo ayudaría. También sugería que Washington debería facilitar que se establecieran estrechos lazos entre la OTAN y la Comunidad Europea con España, para anclar al país, definitivamente, entre las democracias occidentales.
En la Embajada, donde también operaban agentes de la CIA, habían iniciado contactos con numerosos políticos de todas las tendencias a partir del atentado contra Carrero. En ese momento, los diplomáticos se dieron cuenta de que el franquismo estaba acabado. En discretos restaurantes, cuando no en la misma embajada, mantuvieron entrevistas con Felipe González, utilizando como intermediario a Luis Solana; con representantes del PCE, si bien en este caso enmascarados dentro de la Junta Democrática; y con Adolfo Suárez, de quien llamó la atención al embajador Stabler su enorme confianza en sí mismo. Mientras, en Londres -donde él mismo era embajador- Fraga aseguraba a su colega estadounidense días antes de la muerte de Franco que, sin duda alguna, él iba a ser el próximo presidente del Gobierno.
Suárez es el hombre
En las primeras semanas tras la muerte del dictador, la apuesta estaba clara. Si tres o cuatro años antes en la Embajada estaban convencidos de que el primer presidente de Gobierno del Rey sería López Bravo -o, si acaso, Fernández de la Mora-, en el arranque de 1976 todas las miradas se dirigían hacia Suárez. De hecho, cuando el nombramiento se produjo, llamó la atención la positiva acogida de la Administración estadounidense, en claro contraste con la frialdad de otros círculos.
También tuvo una positiva acogida el primer Gobierno de Felipe González, un político a quien conocían bien. Solo un ministro suscitó alguna preocupación, por sus actitudes hacia el Tercer Mundo y su público recelo para con EE UU: fue el titular de Asuntos Exteriores, Fernando Morán. Pero no hay pruebas de que la desproporcionada campaña de chistes y caricaturas de todo tipo que hubo de sufrir el veterano político durante su paso por el Palacio de Santa Cruz tuviera nada que ver con la Embajada.
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¿El amigo americano?

Franco con Ford en mayo de 1975. Detrás, a la izquierda, el diplomático Antonio de Oyarzábal haciendo la traducción. :: GALAXIA GUTENBERG / CÍRCULO DE LECTORES

¿El amigo americano?

Franco saluda a Eisenhower durante su histórica visita de 1959. :: efe

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El Rey con el presidente Ford durante su trascendental visita a Washington de junio de 1976. :: EFE

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Carter con Felipe González, que aún no era presidente del Gobierno. :: EUROPA PRESS

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