«Los mejores valores culturales, políticos y de convivencia de la República están hoy ampliamente superados», asegura Jon Juaristi, para quien cualquier comparación entre el momento presente y los años previos a la Guerra Civil elude la verdadera situación de aquel tiempo. «No se apela a lo que fue en realidad, un escenario complicado y sórdido». El autor y catedrático de Literatura participa hoy en un nuevo encuentro de El Aula de Cultura de la Fundación Vocento, que girará en torno a esta etapa de la historia contemporánea de España. El acto, que comenzará a las ocho de la tarde en el Salón El Carmen de Bilbao, estará coprotagonizado por la escritora y periodista Marina Pino y cuenta con la colaboración de la editorial Tusquets.
A su juicio, no cabe interpretar aquella época por la confrontación «entre una izquierda bondadosa y una derecha proterva» porque, según explica, había criminales en ambos bandos. «Describirlo como una panacea es completamente insensato», aduce. El escritor, en colaboración con Pino, ha ganado el Premio Comillas por 'A cambio del olvido', ensayo en el que se lleva a cabo un recorrido por la trayectoria de varios personajes que vivieron entre 1872 y 1942, y que se sacrificaron por una patria que no guarda su memoria.
En la percepción de Juaristi, se trata de un ciclo completo y cerrado que parte del estallido de la Segunda Guerra Carlista y desemboca en el Alzamiento. «Implica el nacimiento, desarrollo y extinción de una cultura democrática y de una visión política de España». El conferenciante alega que una conjunción de factores explica su fracaso y menciona los ascensos totalitarios en Europa, las conspiraciones para derribarla, la incidencia de una Constitución excluyente y la atmósfera de violencia imperante en su último tramo de existencia.
La mitificación no parece una manera justa de reivindicarla y apunta que no cabe suponer que los que la defendían representaban el bien absoluto y aquellos que la combatían, el mal sin matices. «Ese esquema es maniqueo y resulta completamente falso. En la fase de mayor crispación ninguno era demócrata». En su opinión, hay que interpretarla desde la piedad. «Debemos intentar comprender el mundo que vivieron. Se encontraban inmersos en una situación trágica que no podían controlar. Ni el partido de la guerra, con figuras como Negrín, ni el de la paz, con Azaña o Prieto, enfrentados a pesar de formar parte del mismo bloque, podían llegar a una solución. Ni pactando se podía evitar la tragedia».
En esta coyuntura dramática se asiste, sin embargo, al auge de una generación de autores que marcan el final de un proceso creativo que sólo fue superado por el Siglo de Oro. «Aunque la movilización política de sus miembros mermó la calidad de la producción», arguye y señala también el entusiasmo de los españoles tras la proclamación de la Segunda República, «que se vio defraudado por la evolución de los acontecimientos».
Asimismo, destaca la brillante oratoria que se pudo escuchar en un Parlamento tumultuoso. «Sus miembros carecieron de visión política y prudencia, y generalmente se dejaron llevar por el dogmatismo». Con estos antecedentes, la posibilidad de una nueva experiencia republicana no resulta muy estimulante. «Sería algo completamente innecesario, que no responde a la voluntad popular y que tan sólo podría alentarse por intelectuales irresponsables».