Es verdad que en Alcobendas el euskera no sirve ni para pedir la hora. Claro que sí, pero también lo es que la anterior afirmación y su consiguiente sentido burlón son impropios de un miembro del Consejo Asesor del Euskera, Jon Juaristi, cuyo papel en el ámbito de la política lingüística debería ser más inteligente y, desde luego, mucho más moderado. Naturalmente, a Juaristi le han respondido inmediatamente sus viejos opugnadores nacionalistas, pidiendo su cese por despreciar la lengua de los vascos. Francamente, no veo en su gracieta desprecio alguno, sino más bien un intento a lo que se ve absurdo y exitoso de volver a las ya casi olvidadas tanganas escritas y verbales de Juaristi con sus encariñados nacionalistas. Además, difícilmente puede despreciar el euskera quien lo habla y conoce su historia y gramática mil veces mejor que quien le acusa de ello. Otra cosa es, claro, que un miembro de ese Consejo Asesor del Euskera no deba convertirse en un buscarruidos pendenciero. No por nada, sino porque con ello perjudica a la lengua que pretende ayudar. La perjudica, sí, porque con su ocurrencia introduce otra vez al euskera en ese cuarto oscuro de la instrumentación y la confrontación política y partidista, de donde no hay forma de sacarle. Evidentemente, nunca va a ser fácil que un vecino de Alcobendas o San Sebastián de los Reyes llegue a saber euskera. Pero sí sería de agradecer que Juaristi, en lugar de convertir su 'come back' en un juego dadaísta y burlón con el nacionalismo, pusiera de forma rigurosa su indudable talento al servicio de una causa lingüística que seguramente le importa mucho.
Museos ¿Rolls Royce?
Vista la cuestión sin mayor reflexión, la idea de trasladar a Bilbao la colección de Rolls Royce que Miguel de la Vía creó en la Torre Loizaga de Galdames no estaba nada mal. Más aún, hasta se podría decir no sólo que la colección tendría en una ciudad como Bilbao un mayor potencial de visitantes, sino que además el traslado beneficiaría la oferta cultural de la ciudad. Sí, pero lo que pasa es que las cosas no son tan sencillas, ni el traslado de un museo se hace tan a la ligera. Tan a la ligera como suelen actuar algunos sagaces cerebros del Ala Oeste del Ayuntamiento, lanzando globos sonda sin demasiada reflexión, aunque con mucha avidez electoral. Porque, lo mismo que pasó con la abortada expansión del museo de Bellas Artes al Palacio Olabarri, nunca se debe sacar a la luz una idea museística semejante sin haber estudiado el porqué, el cómo, el dónde y el cuánto. Es decir, la creación de museos no se puede hacer sin tener clara la filosofía, los estudios de viabilidad y los cálculos de gastos e ingresos. Además, en el caso del museo de la Torre Loizaga no sólo hay que tener en cuenta lo anterior y también a los herederos de Miguel de la Vía, sino encima a los alcaldes y a los ciudadanos de las Encartaciones. Porque aunque esos ediles no hayan hecho hasta ahora demasiado por un excelente museo, tampoco es cuestión de pensar que los consistorios de la zona iban a hacer la ola a los avispados cerebros del Ala Oeste del Ayuntamiento de Bilbao, cuya iniciativa mucho me temo que ya habrá causado un vivo disgusto en la ejecutiva provincial de su partido.
Arte
Clair ataca de nuevo
Nadie como Jean Clair para atacar con fundamento al actual mundo del arte. Conservador, comisario, académico, ensayista y hasta exdirector del Museo Picasso de París, Jean Clair acaba de publicar otro duro panfleto contra el mundo de los museos, los galeristas, las casas de subastas y los coleccionistas que controlan y manipulan el mercado del arte. El libro, cuyo título es 'El invierno de la cultura', acaba de aparecer en las librerías francesas. Según Clair, existe una crisis de civilización con su efecto inmediato en la cultura. Es más, se podría hablar de una cultura superficial, en la que los museos se han convertido en «mataderos culturales»; con cuadros alineados por épocas o lugares que nadie sabe ni entender, ni encontrar su sentido. Un público, además, incapaz de comprender el arte antiguo o el arte de los artistas contemporáneos que aplaude y consagra. Para Clair, a diferencia de lo que ocurrió cuando surgieron las vanguardias del siglo XX, ahora los artistas sólo sueñan con entrar en los museos y ser admitidos por la nobleza. Unos museos, añade, que son elementos del mercado del arte, es decir, de una oligarquía global y financiera constituida por dos o tres grandes galerías, dos o tres casas de subastas y dos o tres instituciones públicas. Entre ellos deciden la comercialización y hasta la producción industrial de cuatro o cinco artistas. De hecho, Clair afirma en su libro que la promoción de artistas como Jeff Koons o Damien Hirst se inspira en las mismas técnicas financieras que nos llevaron a la crisis de las hipotecas 'subprime'. Pues más claro imposible, sí.