Una cena en Madrid y cuatro comensales. Un madrileño dueño de una vinoteca, un mirandés responsable comercial de una bodega y dos bilbainos. Servidor y mi amigo Juanan Bilbao que, entre otras cosas, es enólogo. Siendo neófito me dejé llevar, tanto en la elección del vino como en la conversación. Arrancamos con un blanco alsaciano y hablamos de la crisis del sector. No es que se consuma poco. Es que ni los curas en misa beben vino. La media en Luxemburgo es de casi 90 litros por habitante al año. En España, de 18. Por lo que las propuestas fueron de lo más variadas. Desde recuperar el vino con gaseosa y transformar el tinto de verano en «tinto todo el año», hasta la potenciación del kalimotxo como combinado. Es curioso que consideremos una aberración mezclar coca-cola con un reserva y nos parezca de sibaritas hacerlo con un ron o un whisky 12 años. El resultado: Castilla La Mancha, primer viñedo del mundo, es la comunidad autónoma que menos vino per cápita consume y la que más whisky. Está claro. Que cada cual beba como quiera, pero que se beba. Total, que la noche discurría cordial hasta que surgió el tema del txakoli. Una advertencia: fui padrino del de Bakio y cuento con amigos embajadores del de Bizkaia. Así que esperaba polémica. Pero no fue así. El mirandés, mirándome a los ojos, me dijo: «Trabajas en radio y escribes en la prensa. Cuenta la verdad. Sin política, solo con datos. Somos muchos los que queremos poner punto final a este absurdo». Tras darle mi palabra, se arrancó con la historia del chacolí en tierras burgalesas.
Nos contó que en su casa siempre hubo, junto a las patatas, unas cuantas viñas. Y que, según estudios, ya se hacía chacolí en esa zona hace 800 años. Yo apunté que, en ese tiempo, la configuración del territorio y su población era otra. El madrileño, por su parte, afirmó que no le parecía decente que quisieran aprovechar la estela de las D.O vascas. Y Juanan añadió que el término chacolí está blindado por la normativa europea desde 2002. De hecho, en 1999 el Ejecutivo de Aznar solicitó a la Comisión Europea, en coordinación con el Gobierno vasco, la reserva de los términos 'chacolí-txakolina' en el marco de la anterior OCM vitivinícola. La petición quedó recogida en el Reglamento Europeo 753/2002. También manifestó su enfado por la no creación de una única D.O en Euskadi, que quizá hubiera permitido defender mejor el término txakoli. El mirandés, por su parte, nos habló del desasosiego que le provocaba la defensa castellanoleonesa de este vino por encima de otros. Ojo al dato. Todo este follón se ha montado por 700 botellas. Lo escribo con letras, para que vean que no han leído mal. Setecientas. Lo que beben cuatro gatos en un año. Es más, la aspiración de sus productores es llegar en 2011 a los 3.000 litros. Sepan que en la Rioja, por ejemplo, se está pagando al agricultor apenas 50 céntimos por kilo de uva. En Castilla León, menos. Echen cuentas.
Se preguntarán, entonces, a qué se debe tal eco mediático. La clave nos la dio el mirandés: «Los políticos, en vez de ayudar, nos enfrentan. Uno de los productores de este chacolí es candidato a la alcaldía de Miranda». Ya ven que omito siglas. Se lo prometí. Pero no hace falta ser muy listo para entender que aquí se busca el voto a través del frentismo. Y eso vale también para nosotros. La misma vehemencia que hemos puesto en defender nuestro txakoli, deberíamos aplicarla a no empecinarnos en disputas caseras. Como lo de si es mejor el de Vizcaya, el de Guipúzcoa o el del Álava. Ya lo decían mis compañeros de mesa, salvemos al vino y luego ya discutiremos quién la tiene más larga. Por cierto, cerramos la cena con un tinto, porque en el restaurante no había ni txakoli ni chacolí. Tampoco Rueda. Como dice mi abuela, cada vez hay menos aldeanos y más boronos. Es decir, faltan listos y sobran tontos.