Azucena Cañar decidió dejar su país natal, Ecuador, desanimada por las escasas expectativas laborales que veía ante sí. Lleva diez años en Logroño, donde se casó y tuvo a sus dos hijas, cuyo cuidado trata de conciliar con el desempeño de su trabajo. Es una lationamericana que mañana celebrará aquí el 'Día de la mujer'.
-¿Cómo decide cruzar el océano y fijar su destino en Logroño?
-Tras terminar el Bachillerato decidí estudiar Hostelería y Turismo, pero necesitaba trabajar a la vez para hacer frente a los gastos de matrícula y estancia lejos de casa. Con el tiempo me di cuenta de que me resultaba muy difícil seguir las clases y apenas me quedaba tiempo para estudiar. Las expectativas laborales tampoco eran demasiado buenas y tenía dos hermanos que habían venido aquí unos años antes. Ellos me animaron.
-¿Le costó mucho encontrar el primer empleo?
-No, enseguida encontré trabajo en una casa para cuidar a dos niños. Allí estuve durante los cinco primeros años y lo hice muy a gusto.
-No debe resultar fácil encontrar trabajo estable cuando todavía no se dispone de papeles.
-Claro, pero yo estaba dispuesta a trabajar en lo que saliera, no tenía problema con eso. Pero es cierto que disfrutar de una situación regular facilita las cosas y te allana el camino para encontrar algo mejor.
-Mejoró su situación laboral y formó una familia.
-Así es. Conocí al que se convirtió en mi marido, que también es ecuatoriano, tuvimos a nuestra primera hija hace seis años y hace siete meses que nació la pequeña. Ahora somos una familia. Hace ya cinco años que comencé a trabajar en un establecimiento hostelero, atendiendo la cocina, y estoy bastante contenta.
-Conciliar vida familiar y laboral no resulta fácil, y menos cuando te encuentras lejos de los tuyos. ¿Cómo lo hace?
-La verdad es que he tenido suerte al contar con un jefe muy comprensivo y con un trabajo que me permite seguir un horario que se adapta bastante bien a las exigencias familiares. Entro a las seis o seis y media de la mañana, preparo todo lo necesario para surtir la barra y salgo dos horas después. Regreso por la noche para recoger todo y limpiar.
-Eso le permite pasar tiempo con las niñas.
-Claro. Si tuviera que llevar a la pequeña a la guardería, que supone más de cuatrocientos euros al mes, no me compensaría trabajar. Los viernes, que trabajo hasta las dos de la tarde, una amiga se queda con la pequeña, y así nos arreglamos. A veces echo de menos tener al lado a mi madre, su apoyo cuando necesito que me echen una mano...
-¿Las cosas son mejores o peores de lo que le contaron antes de venir a España?
-En Ecuador hablan de España como si se tratara de otro planeta: piensan que aquí se ganan unos salarios enormes y que la vida es más fácil de lo en realidad es. Yo no me he encontrado con ningún problema, pero no todo el mundo se adapta igual.
-¿Su marido comparte las tareas del hogar?
-Sí, por supuesto. Él trabaja mucho, pero atiende a las niñas cuando está en casa y colabora conmigo en todo. Vemos nuestra casa como cosa de dos y en eso también me considero afortunada. Yo también le hago ver que soy una mujer independiente y que estoy con él para hacer las cosas juntos, para ayudarnos. Estar casada no te anula como persona.
-Es miembro activo de la Asociación de Mujeres Latinoamericanas en La Rioja. ¿Hasta qué punto le ha ayudado?
-Me ha ayudado en muchos aspectos: gracias a ella he realizado varios cursos, lo que me ayuda a pensar más allá, a evitar el estancamiento. Estar en contacto con otras personas te aporta ideas nuevas y te ayuda a verte como alguien independiente, con tus propias inquietudes.
-¿Piensa alguna vez en regresar a Ecuador?
-A veces, pero es mi marido el que más habla de regresar. Yo echo mucho de menos aquello y mi madre y mis hermanos todavía no conocen a la pequeña Lucía. Pero ahora nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra casa están aquí y si regresáramos a Ecuador sería comenzar desde cero de nuevo.