Van tranquilos. Con esa parsimonia mental que contagian los japoneses. Ni un mal gesto. Ni un ápice de preocupación. Los dueños de Yamaha no se ponen nerviosos porque todavía no haya surgido una empresa que pague el mínimo de diez millones de euros que pide la escudería para lucir publicidad en la moto campeona del mundo. En la máquina que destronó al propio Rossi dentro de casa. Los hombres de Lorenzo lo advirtieron. «No vamos a malvender el número uno». El balear es un rey sin patrón. El mejor piloto del mundo no tiene un gran «sponsor». La crisis rebaja el precio de las «monarquías» deportivas.
Paradojas de la vida, el campeón corre con «chasis de piloto privado», como esos chavales que ruedan por los circuitos con motos «desnudas» y buscan «pegatinas» de anunciantes para pagarse la competición. Lorenzo es diferente hasta en eso.
No le importa. Le gusta la personalidad que demuestra su empresa. Yamaha es la reina del motociclismo desde hace tres temporadas, con dos coronas del italiano de Tavullia y una de 'Giorgio', y ahora celebra sus bodas de oro en los grandes premios. Cincuenta años adornados con el 'number one' en la cúpula no se venden por seis millones de euros en el campeonato más competido de la historia, frente a Stoner y Pedrosa, jefes de Honda, y con Rossi al mando de Ducati.
Está claro que la imagen mítica del 'número 46' era más fácil de negociar, por su histórica trascendencia mediática, ajena incluso a la competición. Pero Yamaha subraya que en los dos últimos años lo que cotizó al alza fue el duelo entre dos 'colegas' de equipo, separados por un muro, extraños compañeros de cama en una marca que no podía soportar dos líderes con tanto carácter. Terminarían pinchándose las ruedas en la pista. La casa valora que si el español y el italiano hubieran corrido en equipos diferentes, la magnitud del éxito del piloto de Mallorca hubiera sido superior. La lesión de su enemigo evitó las comparaciones.
Negociaciones abiertas
Inalterables ante la situación, los jefes de la fábrica mantienen esa serenidad asiática que contrasta con su frenesí trabajador. Esperan, sin inmutarse, que alguna multinacional ceda. Ellos, los orientales, no cederán. Mantendrán abiertas las negociaciones hasta julio. Prefieren vestir la montura de Lorenzo de azul, los colores de la casa, que cambiar de colorín por un pago de equipo segundón. Lorenzo sabe que deberá dar el máximo en la pista para mantener el caché. No hay problema. Le va la marcha.