Entre los 250 euros y los tres millones: en este abanico de precios se mueven las miles de obras que se exponen en ARCO, la feria internacional de arte contemporáneo de Madrid, que ayer vivió su primer día dedicado a las visitas de coleccionistas y profesionales. Como estrella del certamen, una impresionante vista de Antonio López, 'Madrid desde Torres Blancas', exhibida por la galería Marlborough, que la adquirió en una subasta en Londres en 2008 por 1,74 millones, cifra que convirtió el lienzo en la obra más cara de un artista español vivo. Ahora está disponible para quien pueda pagar una cifra que Marlborough quiere mantener en secreto, si bien los expertos la tasaban con seguridad en los tres millones.
Una escultura móvil de Alexander Calder, por dos millones, un collage de Jean-Michel Basquiat algo más caro y un lienzo de Lucio Fontana por un millón, todo ello en la histórica galería de Elvira González, destacaban por arriba en una jornada en la que ya se apreciaron los primeros movimientos. Como los de Carmen Cervera, baronesa Thyssen y una de las primeras animadoras del día en ARCO, que adquirió en la galería Distrito 4 una pieza de Iván Navarro que ella bautizó como 'Espejos y neón'. Después se pasó por Marlborough y negoció la compra de un cuadro de Juan Genovés.
Rigor y moderación
También se vio a Elena Ochoa y Norman Foster, y a los directores del museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, y de la Fundación Banco Santander, Borja Baselga, dos personas cuyo interés soñaban con despertar los galeristas por su probada capacidad de compra. Aunque el más esperado era el magnate ruso Román Abramóvich, pero la organización no confirmó su presencia. Hubiera sido la guinda para el programa de Rusia, país invitado con ocho galerías que vendían animosamente un arte poco conocido por estas latitudes.
La obra de los artistas vascos estaba firmada por Asier Mendizabal, Xabier Salaberria y Erlea Maneros, agrupada en la galería Carreras Múgica de Bilbao, que también tenía a la venta piezas de Eduardo Chillida; Juan Luis Moraza y Aitor Lajarín, en Trayecto de Vitoria; y Txuspo Poyo y Mabi Revuelta, en la bilbaína Vanguardia, mientras que la pamplonesa Moisés Pérez de Albéniz exponía a Txomin Badiola, Pello Irazu, Fernando Pagola, Javier Balda e Ibon Aranberri.
Si hace apenas un año ARCO parecía al borde del precipicio, la sensación general ayer era que la feria ha ganado en calidad y rigor, y que la moderación impera sobre el riesgo en precios y piezas. Es un ARCO sin moqueta y con espacios más limpios y transitables, menos mastodóntico.
Los galeristas históricos agradecieron el trabajo del nuevo director, Carlos Urroz, y puntuaron con sobresaliente la efectiva maniobra apaciguadora del primer varón al frente del certamen en sus tres décadas de existencia.
En los primeros compases de la mañana, la veterana Helga de Alvear ya había vendido varias piezas, una de Santiago Sierra y otras de Ettore Spelletto con precios en torno a los 50.000 euros. Otro referente del certamen, la galerista Soledad Lorenzo, vendió una obra de Philipp Fröhlich a la Fundación Coca-Cola, y otras de Juan Uslé. «Lo que he visto es muy bueno. Tenemos la feria que necesitamos, más pequeña y profesional», declaró.