Apuesto a que saben de qué hablo si les mento las Power Balance. Si han sido tan afortunados o críticos como para no pagar los 35 euros del ala, las conocerán también con el nombre de Energy Balance -la versión pirata, algo más económica, para agnósticos precavidos- o incluso como 'EnergiPagüer', sí, con esa aberración de grafía que sólo puede encontrarse en los 'todo a cien' del barrio. Con la agresividad del que tiene razón porque sí, la publicidad de las famosas pulseras de silicona con hologramas nos bombardeaba hace unos meses con promesas milagrosas: que nos haría más fuertes, más rápidos, con un equilibrio mayor. Indestructibles. Todos mutaríamos en nuestra propia y modesta versión de Supermán, llevando la kriptonita elegantemente engarzada en la muñeca.
La pregunta que venía después era la obvia. ¿Cómo? ¿En qué principios basaba la Power Balance lograr esos efectos? La respuesta que se ofrecía en el envase o en la página web del fabricante no era sino una maraña de circunloquios pseudocientíficos y sonrojantes para cualquier mente despierta, vacíos de significado y sustentados en la nada. En resumen, una sarta de tonterías. No debieron de sonar tan mal, sin embargo, estas explicaciones a los más de trescientos mil compradores de la pulsera en España. Su éxito comercial fue aterradoramente lucrativo y rotundo. Algo así como un crimen perfecto.
Y habría sido perfecto del todo si no fuese por los 15.000 euros de multa por publicidad fraudulenta impuestos por la Junta de Andalucía al fabricante el pasado 18 de octubre. Un castigo ínfimo si se consideran los ingentes beneficios -más de diez millones de euros- que se han obtenido por su venta hasta la fecha.
El porqué de ese volumen de ventas -admítanlo y no escondan la mano, que les veo- es todo un misterio. En la era de la información en la que estamos inmersos, con esos descomunales tanques de conocimiento al alcance de un clic -o de un paseo a las bien dotadas bibliotecas públicas, si lo prefieren-, es desconcertante comprobar cómo tantas personas están dispuestas a seguir creyendo en milagros imposibles, fenómenos paranormales y otras quimeras, sin pararse a pensar si merece la pena o no rascarse el bolsillo, más aún tratándose de ese nada desdeñable desembolso. ¿Efecto placebo? ¿Alucinación colectiva? Lo más extraño del caso es la diversidad de estratos sociales y niveles de formación de los consumidores de las Power Balance. Podría pensarse que sólo los más débiles sucumbieron al engaño, pero nada hay más lejos de la realidad; sus más acérrimos defensores fueron -y digo fueron porque quiero pensar que han enterrado ya sus pulseras en lo más profundo del jardín trasero- abogados, deportistas de élite, celebridades mundiales, ejecutivos agresivos. Políticos. En muchos casos, gente con responsabilidades de cara al gran público. Hombres y mujeres sobradamente preparados que no dudaron en hacer publicidad gratuita del producto, luciendo orgullosos los hologramas en cada comparecencia pública. Lívido me quedé el día en que vi a la recién designada ministra de Sanidad con la pulserita en la muñeca. Y creo que también los investigadores y científicos que durante largos años dedicaron su vida al avance de la ciencia médica -Hipócrates, Fleming, Pasteur- se revolvieron incómodos en sus tumbas, sacudidos por el insulto.
¿Se imagina al ministro de Educación declarándose partidario de las teorías creacionistas? ¿O que, al ir a denunciar un robo, la policía le remitiese al gran maestro Karamba, respetable chamán africano, que además de solucionar su problema, le quitará el mal de ojo y la impotencia sexual por el mismo precio? Que Leire Pajín confíe en los poderes sobrenaturales de Power Balance, en lugar de defender la racionalidad del ministerio que dirige, no es una mera anécdota. Es el mejor símbolo de cómo y por qué nos va así de mal, con la economía española al borde del colapso, los investigadores viviendo de becas miserables hasta los cincuenta, la fuga de cerebros cada día más pavorosamente frecuente, el triunfo de los iconos barriobajeros en la televisión y la crispación en la calle a punto de caramelo. La ignorancia está de moda y nadie parece alarmarse demasiado.
Al fin y al cabo, a nosotros nos toca sólo de pasada. Somos la versión beta del Ser Humano 5.0, los más desarrollados, los más inteligentes. En realidad, los engañados son los otros. Si no me cree, siéntese esta misma tarde a observar en cualquier bar y arrime la oreja con disimulo a alguna conversación entre parroquianos: todos tienen su opinión. Y absolutamente todos, la razón. No importa si se trata de política internacional, fútbol o física cuántica. A mí no me engaña nadie. Sé que el hombre no subió a la luna, que las potencias comunistas se están reorganizando, que la culpa de la crisis la tienen los bancos. Que hay alguien que mueve los hilos del mundo.
El otro día no pude evitar sonreír al descubrir las fachadas, farolas y marquesinas de la ciudad de Bilbao inundadas de pegatinas que rezan: 'Nos mean encima y seguimos creyendo que llueve'.