Dicen quienes conocen en profundidad las entrañas del Barcelona que Ibrahimovic y Guardiola no llegaron a mirarse a los ojos. Sostienen estos mismos que en el seno del club no acertaron nunca a entender el interés del técnico por incorporar a su plantilla al delantero sueco. Todo parecía estar en su contra: un carácter que le había generado conflictos en sus anteriores clubes; poco amigo de formar grupo con los integrantes de la plantilla; aspectos que el preparador español más laureado quería desterrar del vestuario. Y como ejemplo, un botón. La salida de Samuel Eto'o, un gran futbolista con un comportamiento insoportable, en opinión de Guardiola.
Es más, el técnico llegó a decir en su afán por disipar dudas sobre Ibrahimovic que le había pedido porque estaba «enamorado» de su fútbol. Lo estaría, nadie lo duda, pero la pasión le duró apenas seis meses. Los que tardó el futbolista en darse cuenta de que el número uno de la plantilla era Messi, y que si había que buscar un segundo y un tercero, esos puestos estaban destinados para Xavi e Iniesta. Y explotó. «¡A mí me tratas como a Messi!. Soy tan crack como él», aseguran que le dijo en diciembre a Guardiola en un entrenamiento. Y claro. Lo que Ibrahimovic pretendía con esa expresión era hacer saber al entrenador catalán que podía ser tan bueno como el '10'. Y que no le iba el papel de secundario. Y lo que consiguió fue cavar su tumba.
Es cierto que su llegada a la Ciudad Condal generó una gran expectación. Se trataba del fichaje más caro de la historia del Barça: 70 millones de euros -50 en metálico más Eto'o, que estaba tasado en 20-. De inicio, respondió con buena disposición y goles. Sin embargo, esos tantos enmascaraban una falta de compenetración con el resto del grupo tanto dentro como fuera del campo. Nunca estuvo del todo integrado.
En el tercer mes de competición, su rendimiento descendió, y seguía sin entenderse con sus compañeros. No leía los movimientos de Messi hacia el centro del ataque, no sabía cómo reaccionar ante el acercamiento del argentino a su posición natural. La hinchada blaugrana comenzó a impacientarse. Su estilo de juego no casaba con el del Barcelona. Ibrahimovic llegaba a la capital catalana después de exhibir un gran nivel en el Inter, donde se apostaba por un juego más directo. La jugada no se cocinaba tanto como en el Barça.
Exhibiciones de Messi
Con los dos goles que anotó contra el Arsenal en la ida de los cuartos de la Champions, el goleador recobró algo de optimismo, pero en el encuentro de vuelta apareció Messi. Marcó cuatro jugando de falso delantero centro. Fue entonces cuando Ibrahimovic asumió que era muy complicado hacerse con un puesto indiscutible en la plantilla. Dejó pasar el tiempo, «pero ya desde antes de acabar la Liga se veía que no iba a continuar», dice un periodista catalán.
Y así ha sido, pero las prisas y una gestión digna de denuncia han concluido con Ibrahimovic en el Milan en el peor negocio que se recuerda para las arcas del club azulgrana. Los catalanes gastaron 70 millones y han recuperado 24, lo que supone una pérdida de 46 millones solo en su traspaso. Todo por la falta de adaptación de un futbolista que no contempla estar un minuto en el banquillo. «Es el final que ha querido el filósofo de Guardiola», dijo con rencor.
Ibrahimovic siempre ha salido por la puerta de atrás en los últimos años. En la Juventus se mostró dispuesto a emprender acciones legales para que le dejaran marchar, después de que el equipo turinés sufriera un descenso administrativo. Tres años después, en el Inter, declaró que ya lo había «ganado todo» y que quería probar «algo nuevo». Esto no sentó bien a la parroquia milanesa, que le dedicó pitidos y abucheos en los siguientes partidos. En la antepenúltima jornada, el artillero marcó ante el Lazio y mandó callar a los aficionados interistas. Ahí se comenzó a fraguar su marcha al Barça. Ahora ha fichado por el otro equipo de la ciudad italiana, el Milan. «No me iré de aquí hasta que no lo gane todo». También lo dijo en el Inter... y hace muy poco en el Barça.