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Miguelín, ¡qué papelón!

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Miguelín, ¡qué papelón!

01.09.10 - 02:45 -
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Posan sonrientes en la Expo de Shanghai. Ahí están el presidente del Gobierno, tres ministros, un alcalde, y algunas autoridades más, al socaire del Miguelín de Isabel Coixet, un gran bebé robotizado. No entiendo cómo una cineasta de su sensibilidad ha caído en esa obsesión tan masculina por el tamaño. Hace diez días estaba yo en la Expo, ante ese mismo bebé, y me quedé perpleja de hasta qué punto se puede errar con las metáforas. ¿Qué significa? No se sabe, no se entiende, no se deduce. Tampoco nada lo explica.
Al fin anteayer aclaró el exégeta Zapatero que representa el enorme tamaño del futuro de España. Y para mí que el simbolismo le salió por la culata, porque Miguelín es un bebé que no anda, pero eso sí, burro grande…
Por otro lado, tratar de impresionar a los chinos con el tamaño no deja de ser un error de bulto. Las magnitudes de todo lo que en China ocurre, de lo que hacen y lo que proyectan son tan sumamente gigantescas que me parece la peor de las estratagemas para seducirlos.
Además, la política del hijo único sigue vigente, y ahora, con el auge capitalista en la República Popular fundada por Mao, se traduce en que los pobres han de resignarse a tener un solo hijo, mientras los ricos se reproducen cuanto quieren, pues pueden permitirse abonar la multa correspondiente. Esta injusticia provoca descontento -así me lo contó un joven recién casado, de profesión guía turístico, en la bella ciudad de Xian-, aunque naturalmente en China el descontento no se manifiesta: resulta peligroso. Con todo esto quiero decir que exhibir un bebé equivale a mentar la soga en casa del ahorcado.
Me he llevado una magnífica impresión de los chinos, pero también he percibido que, como buenos nacionalistas, son bastante ignorantes de cómo es el resto del mundo, y escribo esto consciente del riesgo que conlleva toda generalización. Los visitantes de la Expo de Shanghai son en su abrumadora mayoría chinos venidos de otras provincias, ahora que por fin pueden empezar a viajar.
Algunos desconocen tanto de los occidentales que no nos han visto más que en la televisión o el cine, y me ocurrió más de una vez que se quedaban mirando fijamente mis ojos redondos, mi melena rizada, el color de mi piel. Nos escudriñaban con un asombro digno de Paco Martínez Soria cuando llegaba de visita a la gran ciudad. Para subsanar ese desconocimiento -que probablemente es mutuo-, el pabellón de España podía haber ofrecido algo más que un vídeo sobre el flamenco, los toros y los caballos. Pero ese extra libre de tópicos ha sido un burro grande. Y para colmo, ayer supimos que representa nuestro futuro. Aviados estamos.
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