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La holgazanería aprendida

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La holgazanería aprendida

30.08.10 - 02:35 -
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Hace ya unas cuantas décadas que el psicólogo Erich Fromm acuñó esta expresión en un artículo en el que se preguntaba si el ser humano es perezoso por naturaleza. Él concluía que no aunque yo no lo tengo tan claro pero lo que me resulta memorable es la precisión terminológica y visionaria con que definió la 'holgazanería aprendida', suscitada cuando se reciben premios sin necesidad de esforzarse para ello. Se diría que el sabio alemán fallecido en 1980 estuviera comentando uno de los principales problemas educativos de nuestro tiempo.
Sin ánimo dramático les propongo que reparen en los aspectos paradójicos de la expresión: ¿acaso enseñamos a los hijos a ser unos vagos? ¿Van ellos a la escuela rebosantes de curiosidad y allí se la apagamos? ¿Confundimos el amor a nuestros hijos con una sobreprotección que les idiotiza? ¿Tenemos tanto miedo de ser autoritarios que a la ausencia de límites la llamamos libertad y luego nos crecen los tiranos? Son preguntas que a padres y educadores nos rondan constantemente cuando observamos cómo nuestras buenas intenciones de facilitar la vida a los pequeños a veces se vuelven contra ellos mismos en forma de indolencia, apatía, intolerancia a la menor contrariedad o insatisfacción; cuando no contra los propios adultos, temerosos de las agresiones con que un número creciente de chavales 'agradece' los desvelos familiares o educativos. Los expedientes de agresiones de hijos a padres en las fiscalías de menores fueron en 2008 alrededor de 4.200, punta de un iceberg que, a decir de los expertos, aumenta en unos mil por año.
Debo a José Antonio Marina, 'El aprendizaje de la sabiduría', pag. 127, la pista sobre las indagaciones de Fromm y otros psicólogos acerca de este asunto, normalmente inserto en los estudios sobre la motivación humana. Y me gustaría destacar la centralidad que en la ya extensa obra de Marina va ocupando la creación de hábitos, la importancia que la voluntad y la diligencia desempeñan en pro de una inteligencia creadora. A diferencia de quienes todavía padecen los complejos del antifranquismo creyendo que al niño hay que tenerlo en palmitas, Marina insiste en que la libertad es elección y nunca acomodo, por lo que difícilmente se educa en libertad a quien se le consiente siempre lo más fácil. En la obra citada tampoco duda en denunciar el desprestigio terminológico de las palabras disciplina, templanza, culpabilidad o paciencia, así como los malentendidos que han hecho obsoletas nociones tan capitales para la sabiduría, la ética y la vida misma como las de 'deber' o 'virtud'. En fin, sobre todo ello pueden explorar en www.universidaddepadres.es, la iniciativa educativa que Marina promueve para quienes creen que la educación del niño es tarea de toda la tribu.
Pero, no nos engañemos, no son dificultades teóricas ni conceptuales las que están fomentando el aprendizaje de la vagancia. No olvidemos que desde el punto de vista del niño es un síntoma de salud mental no esforzarse si va a obtener así los mismos resultados que haciéndolo, ya hablemos de las notas escolares o de los regalos de cumpleaños. Es una responsabilidad de los adultos el encauzar la energía necesaria para, por ejemplo, conseguir que la criatura se haga la cama, esfuerzo muy superior al de hacérsela por no discutir o al de pagar a alguien para que la haga. Quien dice la cama dice participar en las comidas, ya sea comprando, cocinando, poniendo o recogiendo la mesa..., o controlando los deberes escolares o los tiempos de la tele o pantallas, o los contenidos de Internet o los horarios… supongo que ya estarán exhaustos sólo de pensarlo. No es complejo, no sale en los libros y suena medio facha pero, en mi opinión, es el tema clave: presencia parental, presencia y presencia para repetir una y mil veces lo ya dicho y para no caer en la tentación -por la paz un Ave María- de acabar desdiciéndose y realizando la tarea asignada al hijo. La educación se juega en los hábitos, en los automatismos adquiridos para vencer la pereza, para asumir la cuota de responsabilidad en la vida familiar y para comprender que lo hecho entre todos está mejor. Es tan simple y tan difícil que hasta resulta atrevido hablar de ello: entre la rigidez moralista de quien no pasa ni media y la capacidad de tragar lo que haga falta con tal de evitar broncas, no hay padre ni profesor en sus cabales dispuesto a mentar a la bicha, no vayamos a suspender nuestro propio examen. Y así nos va.
Da igual el nivel económico, laboral o cultural del que hablemos. Educar es un coñazo porque la presencia que hay que marcar ante los menores es presencia robada al descanso, al trabajo, al dinero, a las aficiones personales o a la propia atención a la pareja. Es canso, enervante y en muchos momentos parece infructuoso... pero merece la pena intentarlo aun sabiendo que son insondables los modos de echarse a perder que a todos nos acechan. Lo que resulta llamativo en este tema es el abismo entre teoría y práctica, quizás por la peculiar manera en que se entremezcla lo privado y lo público: dedicamos tiempo, dinero y energía a reflexionar, leer y discutir sobre la importancia de la educación mientras enchufamos a los niños a la tele, a la guardería o a los abuelos para que no distraigan nuestras lúcidas reflexiones. Nos obsesionamos por ganar dinero y trabajar a tope por el bien de los niños, decimos, como si los medios económicos fueran la garantía de una buena crianza. Desengañémonos: no lo son, como tampoco esa idea estéril de la libertad que sirve de coartada al desentendimiento de muchos padres respecto a horarios, alimentación y hábitos de colaboración doméstica. Tener hijos no es difícil pero aguantarlos e intentar criarlos bien es una auténtica obra de arte. Me remitiré al Kafka de 'Carta al padre' para decirlo con más empaque: «... formar una familia, aceptar los hijos que vengan, mantenerlos en este mundo inseguro y, más aún, hasta guiarlos un poco, es en mi opinión lo más que un hombre puede lograr en general».
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