Dicen que entre la genialidad y la locura hay una frágil frontera. Algunos artistas, como Dalí, llegaron a fingir estar locos para publicitarse como genios, e incluso se creyeron su papel. Numerosos estudios psicológicos han demostrado que gran parte de las personas con sensibilidad artística sufren algún trastorno psicológico o viven marcados por baches emocionales. Los científicos han traducido a cifras esta curiosa relación entre el arte y las patologías psíquicas. Dicen que el 30% de los artistas sufre fuertes depresiones que les sumergen en un estado melancólico que incentiva su creatividad, pero que mina su autoestima y les envuelve de tal modo que provoca en ellos una acusada tendencia suicida.
Son los poetas los más inestables y los que más querencia por la muerte demuestran, mientras que los más equilibrados parecen ser los músicos. Los libros de Historia confirman el abultado número de genios que emprendieron por voluntad propia el camino al otro mundo por desesperanza, insatisfacción con ellos mismos, o porque ya no contemplaban la posibilidad de perfeccionar o evolucionar y vieron como único fin de su vida su disolución.
Uno de los mejores escritores y periodistas españoles de todos los tiempos, Mariano José de Larra, cumplió todos estos cánones. Su suicidio, a los 27 años, representa cierto ideal del Romanticismo: vivir intensamente, sufrir por amor y morir joven. Junto a Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, representa la más alta cota de la literatura romántica española. Y era también el articulista mejor pagado de la época. Pero su tormentosa relación con Dolores Armijo y la pérdida de su escaño como diputado liberal tras el golpe de Estado de 1836 acabaron por sumirle en un doble desencanto: por su vida y por su país. El 13 de febrero de 1837 se pegó un tiro frente al espejo. En su funeral, un desconocido José Zorrilla recitó un poema con el que se reivindicó en la literatura.
Letras negras
No es el único suicidio de las letras españolas. Ángel Ganivet, preludio de la Generación del 98, amigo y enemigo de Miguel de Unamuno, tenía diagnosticada una manía persecutoria y le recomendaron que ingresara en un sanatorio, pero hizo caso omiso. Días antes de cumplir los 33 años, cuando trabajaba como cónsul español en Riga, vivía sumido en una profunda depresión, alejado de su hijo Tristán y de su amada Amelia Roldán. Tomó un barco y al llegar a la mitad del río Dvina se arrojó y se lo llevó la corriente.
La historia de talento, desencanto, desamor y muerte se repite con Marga Gil Roesset, escultora y dibujante española, muy débil de salud pero de gran fortaleza artística, que no pudo soportar que su amado, Juan Ramón Jiménez -casado con su mejor amiga-, no le correspondiera. El 28 de julio de 1932, a los 24 años, pidió un taxi, se fue a un hotel de Las Rozas regentado por su familia, cogió la llave de una habitación e instantes después se oyó una detonación. Se disparó en la cabeza después de destruir prácticamente toda su obra escultórica. Se podría continuar con otros literatos españoles, desde Gabriel Ferrater, que a los 50 años acabó con todo a base de barbitúricos, o Justo Alejo, que a los 43 se vistió de gala y se lanzó al vacío desde la cuarta planta del Ministerio del Aire.
«Me vuelvo loca»
Pero el arte extranjero también tiene relevantes genios suicidas. Virginia Woolf, por ejemplo, una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX. «Querido: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas», le escribió a su marido el 28 de marzo de 1941. Aquella mañana, a los 59 años, diagnosticada de un trastorno bipolar, llenó sus bolsillos de piedras y se sumergió en el río Ouse, junto a su casa de Sussex.
Un episodio similar al que convirtió en leyenda a Alfonsina Storni. Ariel Roth contó su historia a ritmo de zamba argentina. Poeta y escritora del posmodernismo, se adentró en el Mar de la Plata hasta ahogarse, a los 44 años. «Si él llama nuevamente por teléfono, le dices que no insista, que he salido», fueron sus últimos versos. Los escribió la noche anterior a su muerte, dentro de su poema 'Voy a dormir'. Muchos de estos artistas ni siquiera se dieron tiempo para que el mundo reconociera su talento.
La norteamericana Sylvia Plath, exponente de la poesía confesional, fue la primera poetisa en ganar un Pulitzer póstumo. En la cima de su creatividad, a los 30 años, subió una noche a la habitación de sus hijos, les dejó pan con manteca y leche, bajó a la cocina, abrió el horno, metió la cabeza y giró la llave del gas. Muertes terribles, casi imaginables sólo por mentes fuera de lo común. Como la de Emilio Salgari, el escritor italiano que alimentó la imaginación de millones de lectores con personajes como Sandokán. Su desequilibrio psíquico le condujo a un cruel suicidio. Se abrió el vientre con un cuchillo según el rito japonés del 'seppuku'.
Dejó tres cartas, para sus hijos, para sus editores y para los directores de los periódicos de Turín. Fue elocuente: «A mis editores, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome en una continua semimiseria, sólo os pido que en compensación os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma».
La negra lista está trágicamente jalonada por nombres ilustres como el de Cesare Pavese, que se autodefinió como «maestro en el arte de no gozar». El éxito material no evitó su eterna melancolía. A los 42 años, escribió en su diario: «Basta de palabras. Un gesto». Dieciséis envases de somníferos se lo llevaron de este mundo, en una habitación de hotel. Ernest Hemingway disfrutó bastante más de la vida, pero su ánimo débil y un diagnóstico de cáncer le empujaron a huir con un disparo de escopeta. No cabe duda de que los artistas ven el mundo de otra forma; también lo abandonan de manera diferente.