Por veinte mil pesetas al mes, Guillermo Timoner era imbatible en los años cincuenta y sesenta. Al Mundial de pista de 1962 llegó tras una temporada parado por dos operaciones en un brazo y una fisura en el cráneo. «Había pasado ocho meses escayolado y, aun así, me llevé el título mundial (prueba de tras-moto)», cuenta. Al segundo le sacó cuatro vueltas. Con 40 años, Timoner ya lo había ganado todo. Puso una tienda de bicicletas en su pueblo mallorquín, Felanitx, y cambió de vida.
Hasta que un día se presentó en 'Deportes Timoner' un tipo de Hacienda. Serio. Frío. Implacable. Y le dijo a él, al seis veces campeón del mundo de velódromo, que no tenía licencia para vender bicicletas. «Me decía a mí que la bici no era un artículo deportivo. Pero si ha sido mi única herramienta en el deporte». La protesta dio igual. Timoner ingresó en la lista de morosos e infractores. «Me embargaron hasta las medallas de oro por negarme a pagar». Así que agarró la ropa de ciclista y volvió a vestirse: necesitaba dinero y regresó a la pista con 58 años. Venció en el campeonato de España tras-moto y casi entró en la final del Mundial, frente a chavales con edad para ser sus nietos. Fichó por el equipo Teka de Etxabe y Dietzen, y se retiró al fin en 1985. Con casi 60 años.
En un siglo largo de vida, el ciclismo ha sabido parar el reloj para alguno de sus fieles. A la francesa Jeannie Longo, de 51 años, le ha dejado esta temporada ganar el campeonato de Francia contrarreloj. Y lo mismo ha hecho en el campeonato mexicano con Raúl Alcalá, que comparte edad (46) y camada con Induráin. Viejos. Incansables. Como Bartali, que fue profesional veinte temporadas. Como Girardengo, que lo dejó a los 43 años, con dos años más que Poulidor, el francés rural que subió como tercero al podio del Tour cuando ya había cumplido los cuarenta. O como Bahamontes, que a los 36 años fue el mejor escalador de la Grande Boucle. O como Zoetemelk, que con 38 se hizo campeón del mundo y con 40 se llevó la Amsteld Gold Race.
Chozas, Etxabe, Perurena
Pero son excepciones. La edad pesa, desgasta. Lambot es el ganador más veterano del Tour: lo hizo con 36 años y hay que remontarse a 1922. Magni tiene el récord en el Giro, con 35. Y Rominger, en la Vuelta, con 33. No es fácil estirarse en un deporte que con la edad te encoge. En la Vuelta que arrancó ayer atravesando la noche sevillana queda otro de esos 'viejos'. Íñigo Cuesta. Pese a que nunca ha ganado la Vuelta, nadie ha llegado tan lejos como él: la que ayer comenzó es su decimoséptima edición. Chozas, Etxabe y Perurena se quedaron en catorce. Cuesta tiene 41 años y, sumando las etapas de esas 17 vueltas, ha pasado más de un año de su vida disputando esta carrera. Tiene un secreto para la longevidad: «Me gusta. El ciclismo se resume en tres palabras, entrenar, cuidarse y disfrutar». En eso sigue.
Nació en Villarcayo (Burgos). Las Merindades son un paraíso ciclista: la meseta pegada a puertos que caen hacia Cantabria como Lunada, Estacas de Trueba o La Sía. Llano y montaña. Frío y calor. Hace ya mucho, una mañana de verano infantil, dejó el balón y siguió a sus primos en bicicleta. Notó algo especial. La llamada. Esa misma tarde repitió. Acompañó a su padre, el pastelero del pueblo, en su paseo ciclista.
Ahí sigue: rodando. Pese a todo, incluida la edad. Primero tuvo que hacerse ciclista lejos de casa, en Bilbao y Zalla. Juan Ignacio Elosegi, que era seleccionador de Euskadi, le llevó a una carrera en Suiza. Casi ganó la etapa reina. El técnico que le descubrió siempre le echó en cara su falta de ambición. «Era conformista», repetía. Cuesta lo escucha y se encoge de hombros. «Hombre, quizá me ha faltado ambición. Cada uno tiene el carácter que tiene». Apenas ganaba y le costó ser profesional. Hasta pensó que esa puerta se cerraba y se vio al lado de su padre en la pastelería. No llegó al horno. La creación en 1994 del equipo Euskadi prendió la mecha que aún chispea. «Si no, ahora estaría haciendo pasteles», declaró en 1998, tras su gran triunfo: la Vuelta al País Vasco.
A por la 18
Diecisiete temporadas dan para mucho. Para deprimirse, como en su debut, en la Challenge de Mallorca de 1994, cuando un escalador como él se quedaba atrás antes que los velocistas. Para asustarse, como cuando ya en Londres y a punto de presentarse junto al resto de la plantilla del equipo Linda McCartney supo que el patrón había huido con toda la pasta. Para reírse a diario con su líder y amigo, Carlos Sastre, al que ha protegido en el CSC, el Saxo Bank, el Cervélo y, quizá, el próximo año en el Geox. «Me parece que por culpa de Carlos (Sastre) voy a tener que seguir una temporada más». A por la Vuelta número 18. A por la treintena entre Tours, Giros y Vueltas. Como reza el lema de la película Toy Story: 'Hasta el infinito y más allá'. En homenaje a su fidelidad, la Vuelta le ha concedido el dorsal número uno, el más largo de esta carrera.