En 1970 María Pilar Fernández tenía 17 años. Vendía helados en el Parque del Retiro madrileño. Aquella tarde de abril tenía trabajo: llegaba allí la Vuelta a España. Pero corrieron tanto los ciclistas que aparecieron con hora y pico de adelanto. Sin casi público, que les esperaba más tarde. María Pilar pensó primero que esa velocidad le había chafado el negocio. Aún no sabía de su suerte. El ganador de la decimosegunda etapa había llegado demasiado pronto, antes incluso que las azafatas del podio, que eran Miss Madrid y sus damas de honor. Los organizadores buscaron una solución de urgencia. Un rápida mirada al puesto de helados bastó. Guapa. Y así acabó la joven dependienta del Retiro en el podio de la Vuelta. Ella dio los besos al líder, Luis Ocaña, y al vencedor del día, el luxemburgués Johnny Schleck, padre de Andy, el rival de Contador en el Tour, y padre también de Frank, el ciclista que tiene en sus manos esta edición de la Vuelta. ¿Viene a ganarla y así olvidar su caída en el Tour? ¿O está en Sevilla como en años anteriores, para divertirse y pasear unos días? Con esa doble pregunta se abre hoy, de noche, la edición del 75 aniversario de la ronda.
«Ojalá se vuelva a ver a un Schleck en el podio de Madrid», dice Andy, el pequeño, en el parking del Hotel Al Andalus Palace, frente a la Ciudad Deportiva del Betis y bajo un sol de tortura. «Jodido calor», masculla en inglés el segundo clasificado en los dos últimos Tours. Frank, el mayor, suda igual. En Sevilla no hace falta pedalear para eso. «Mi padre nos contaba cosas de la Vuelta. La etapa de Madrid es uno de sus grandes triunfos», recuerda. En el pasado Tour, Frank se cayó sobre el pavés de la cuarta etapa. Su clavícula izquierda quedó repartida en tres pedazos. Esa prematura retirada le da ahora impulso en la Vuelta: «Otros años me costaba motivarme para esta carrera; ahora no». Venía a España tras ser dos veces quinto en el Tour. Con la temporada justificada.
Segunda y tercera semana
«Pero la lesión era complicada y me ha costado recuperarme. Me faltan días de competición. Creo que lograré ese punto en la segunda y la tercera semanas de la Vuelta». Ahí viene la pregunta: ¿Está aquí para ganar y que otro miembro de la familia Schleck venza en Madrid? Respuesta de Frank: «Me he preparado para ganar esta carrera». Andy entra en la conversación: «Y yo estoy aquí para ayudar a Frank». El menor de los Schleck prefiere hablar de la Vuelta y no del último Tour, de una carrera que vio a su alcance. «Contador es batible». Apenas unos segundos les separaron, lo que duró el salto de cadena del luxemburgués en el col de Bales, el fallo mecánico que aprovechó el madrileño para distanciarle. «No me gusta pensar en eso. Duermo muy tranquilo», zanja.
Cancellara les espera para iniciar el entrenamiento. Con el culotte remangado. Pagarían por un trozo de sombra. A su lado, los dos pelirrojos del Saxo Bank, O'Grady y Klostergaard, comienzan a ponerse rojos. Pecas a la brasa. A los Schleck les preocupa menos el calor. Les gusta la Vuelta. Otros años era para ellos el final de la temporada. Un oasis para la fiesta. ¿Y ahora? Johnny, el padre, les ha hablado mil veces de esta carrera. En 1970, cuando la heladería del Retiro, ayudó a Ocaña a ganar aquella edición. Andy aspira a hacerse un día con el Tour. A Frank le queda otro camino: la Vuelta. ¿Este año? En 2011 los dos hermanos Schleck correrán en un nuevo equipo luxemburgués, fuera ya del Saxo Bank. ¿Harán un último servicio para la escuadra que dejan y que acaba de fichar a Contador? «Ahhh, la Vuelta», repiten los dos hermanos, rememorando las mil historias que sobre esta carrera les ha contado su padre. Johnny quiere que la gane Frank, el primogénito. Otro Schleck en Madrid.
Claro que a Johnny no siempre le hacen caso. En 1971, en el Tour, aconsejó a Ocaña no seguir a Merckx en el descenso del col de Mente. El conquense era sordo para la prudencia y allí cayó vestido de amarillo. Teñido de rojo sangre. Antes, en 1967, Schleck había visto morir a Tom Simpson junto a las piedras blancas del Mont Ventoux. «Hacía un calor insoportable -rescata-. Parábamos en los pueblos y cogíamos botellas de cristal, de alcohol incluso, y luego las tirábamos y llenaban todo de cristales. Los que venían por detrás pinchaban». El mismo calor que veranea hoy en Sevilla: con el mercurio saltando encima de los cuarenta grados. «Me hubiera gustado ganar una etapa del Tour», dice Johnny Schleck. Eso lo han hecho por él sus hijos. Ahora, el viejo Johnny quiere que Frank haga algo que ya hizo él: vencer en Madrid. Y para eso, como no tiene nada que hacer en el sprint de la última etapa, tendrá que ganar la Vuelta. Antes tendrá que querer ganarla.
La mejor postal
Hoy, con la contrarreloj por equipos nocturna rondando sobre la mejor postal de Sevilla, empezará a verse. Nibali, Menchov, Sastre, 'Purito' Rodríguez, Antón, Vandevelde, Arroyo y Mosquera comenzarán a saber si otro Schleck viaja hacia Madrid. Como Johnny hace cuarenta años, en aquellos 248 kilómetros entre Calatayud y El Retiro. Cuatro ciclistas le acompañaron: Silloniz, Reybroeck, Lucas y Dolman. El padre de Frank y Andy fue más rápido. Marcó una velocidad media récord para la época: 43, 604 km/h, «como las grandes clásicas europeas», según decían las crónicas. Schleck y Ocaña, los dos del equipo Bic, pudieron ese año con el KAS de Gandarias y Aurelio González, y con el La Casera de Miguel Mari Lasa. Por Lasa, por evitar que el guipuzcoano arañase las bonificaciones de la llegada y así proteger a Ocaña, Schleck se metió en la fuga de su vida. Era un gregario fiel y es padre de Frank Schleck, el favorito incógnita de la Vuelta de Diamante.