El martes de plenilunio agarramos con las garras el programa de conciertos y descartamos los tres que empezaban a las once y media, antes de medianoche: los boleros del Cuarteto Son Tapatío de Guadalajara en La Pérgola, porque el romanticismo conduce a la melancolía; a Alain Pérez y su Orquesta Cubana en la Plaza Nueva, porque no teníamos el esqueleto para bailes; y a la flamenca Estrella Morente con la BOS en Abandoibarra, porque no deseábamos poner en peligro a las dulces acompañantes (aauuuuu...).
El martes de luna llena nos encaminamos a Botica Vieja, al gran aquelarre del rock patrio con los macarras de Obús (usaron pirotecnia y confeti y globos) y los roqueros de largo recorrido Los Suaves (un fan friki encendió a nuestro lado dos bengalas que nos quemaron... bah, no nos dolió), dos nombres señeros que llevan 30 años en la carretera. Decidimos concentrarnos ahí porque empezaría a las 12 en punto, sofocaríamos la fiebre licantrópica y porque, como canta Yosi de Los Suaves, «mi casa es el rock and rooooooooll».
Abrieron los madrileños Obús, buque insignia del heavy metal español (junto a Barón Rojo) capitaneado por el Fortu (Fructuoso Sánchez), un burgalés que ahora es heavy pero que en una encarnación previa sería guerrero templario, o vikingo pagano, o un arquero inglés en Agincourt, o algo así. Entrado en carnes y con unos brazos tatuados que parecían columnas, el hirsuto y rizado melenudo Fortu atrajo a una multitud de chavalucos barbilampiños, a peñita de 16 años o menos que se sabía todas las canciones. En el epílogo, dejándose llevar por las mieles del triunfo, separó al público en secciones y lo invitó a chillar igual que Miguel Ríos: «Qué gente tela de guay hay por aquí», agasajó a una parte, y «vaya mierda» censuró a otra cuando no gritó lo suficiente. Y para la despedida, Fortu subió al tablado a media docena de críos (incluido uno de unos cuatro años que ponía los cuernos con las manitas), los puso a cantar y los despidió con un beso en la mejilla... Qué tierno.
Ya. Nos sorprendió este comportamiento en Fortu, «el más macarra, el más duro, el más grande», como le presentó su fiel colega el guitarrista Paco Laguna. Ese final no fue acorde a su show central. Durante él, Fortu, corpulento y boqueante, miraba con su rostro viejo y curtido a las cámaras para ofrecer primeros planos temibles, desafiaba a la luna sacándola el dedo, se sonaba los mocos con las manos, surcó a hombros de un ayudante la multitud variopinta que le adora (¡yo conseguí tocarle la mano sudorosa y no me lavaré la mía hasta que quemen a Marijaia!), bebió a morro de una botella de güisqui JB que pasó a la peña, graznó con el micro trucado, bailó chulito y subió y bajó por el andamiaje de acero de cartón piedra con calaveras llameantes de su escenario.
Fueron 86 minutos intensos con catorce temas coreados por las criaturas. ¿Cuáles eran los argumentos líricos, nos preguntan? Pues la droga dura sin recato ('La raya'), el bebercio a saco ('Vamos muy bien', la que sigue «borrachos como cubas, y qué, aún nos mantenemos en pie»), la violencia (la amenaza inaugural con 'Corre mamón', la autoafirmación de 'Que te jodan'), la velocidad sin casco ('Autopista', 'Yo sólo lo hago en mi moto') y loas a la delincuencia ('El que más'). Como siempre, nuestra canción favorita fue 'Pesadilla nuclear' y fue una pena que no ejecutaran la novedosa 'Lobos salvajes' en esa luna llena perfecta, pero el bolo, como sentenció un espectador anónimo y sudado al terminar, fue 'cojonudo'.
Rasgando corazones
¿Y se pueden creer que Los Suaves gallegos lo superaron? Sin necesitar espectáculo y sobre las dos hachas solistas que devoraban emociones, exhalaciones, kilómetros y memorias (el líder en la sombra, el maestro Alberto Cereijo a la izquierda, expeliendo andanadas sin parar), el viejo Yosi, de frondosa melena cana, se hartó de dar saltos, recriminó en público a sus técnicos porque quería oír las dos guitarras por monitores y ofreció tan buena actuación quizá influido por la luna llena, a la que señalaba, él, que sale de las montañas de Orense.
Barrigón de patucas flacurrias, en el fondo temeroso de Dios, angustiado por una pena metafísica que le castiga el alma, vate maldiciente de su presunta mala suerte, hombre arrepentido por errores del pasado y apesadumbrado por la vida, Yosi focalizó los 109 minutos de bolo radiante con 22 temas (incluido el instrumental de despedida) abiertos por 'Preparado para el rock and roll'. Derramando tristura, reconstruyéndose con hard rock, rozando el heavy y aplanando el rock asfáltico, con subidones constantes de adrenalina en canciones que parecen no pueden llegar a más pero que sí, que medrán aún más, como las del bluesman Johhny Copeland en vivo, Los Suaves cumplieron sobradamente a pesar de las dudas que siempre provoca el mercurial Yosi, ex policía, ex sin techo, ex enamorado...
La batería que a veces redoblaba el bombo, el hermano de Yosi, el bajista Charly cantaba las canciones contento pero para él, no para el micro, y la peña, más apretada, aún juvenil pero de más edad que con Obús, enloquecía abajo: 'Palabras para Julia' rasgó los corazones, 'Judas' chispeó no sólo con los punteos, 'Malas noticias' sirvió al victimista Yosi para anunciar que venían a Bilbao a traer tristeza, no alegría, 'No puedo dejar el rock' provocó el enésimo vórtice, 'Dile siempre que no estoy' abrasó, 'Miénteme' («dime que me quieres») se nos abalanzó, 'Viejo' llegó agresiva, los remordimientos de 'Si pudiera' crecieron cual balada soul, 'Mi casa' («es el rock and roll») montó un cisco y la cosa no decayó en 'Dolores se llamaba Lola'. Y en el bis, con el querido cantante vistiendo camiseta del Athletic y asemejándose a un león, se inició con 'El afilador', en plan Iron Maiden, y Yosi hizo mutis durante 'Ya nos vamos'. Buah... que Dios le conserve entre nosotros por muchos años más.