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Hasta la Bola

26.08.10 - 02:46 -
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No es fácil llegar a la Bola del Mundo, punto final de la vigésima etapa de esta Vuelta a España. La Bola es un nido de cemento con antenas para difundir la señal de televisión. Está muy arriba, donde la nieve: a 2.262 metros, con todo Madrid a la vista. En invierno, la temperatura cae a veces a veinte grados bajo cero y el viento sube hasta los 190 kilómetros por hora. Corta como una navaja. En 1992, un montañero murió en una de las ventanas de la Bola. Llegó hasta la fachada y golpeó como pudo el cristal. Lo rompió, pero descubrió que la ventana era doble. Ya no tuvo fuerzas y allí encontraron su cadáver. Un año después, otros dos montañeros alcanzaron agotados la instalación. Los trabajadores del repetidor sí los vieron. Estaban medio congelados y trataron de hacerles reaccionar. ¿Cómo? Pues a golpes. Había que mantenerles despiertos. Pero no hablaban, no decían nada. Temieron perderles. Luego supieron la razón por la que no habían abierto la boca pese a las bofetadas: eran sordomudos.
Enrique Franco, el patrón de la Vuelta a España fallecido hace dos años, siempre quiso llegar hasta allí. Pero no es sencillo. Desde la cima de Navacerrada quedan tres kilometros y medio de ascensión. Sobre piso de cemento, hecho para 'todoterrenos'. Las rampas alcanzan el 21%. A los trabajadores del centro los trasladaba un vehículo oruga desde la primera nevada anual. El combustible era un gasóil especial, que no se congelaba. En ocasiones, tardaban casi dos horas en cubrir esa pista de nieve. Trabajar en la Bola del Mundo era como hacerlo en el culo del mundo: los técnicos estaban allí todo un día y luego libraban seis. Eso sí, si podían bajar. El repetidor tiene el diseño de una estación ártica. Hasta hay que salir en los días más duros para picar el hielo de las paredes, congeladas. El viento es tal que ha arrancado la antena principal, de 65 metros de altura.
Ahora que la TDT ha revolucionado la emisión televisiva, la Vuelta a España recupera la Bola. Para el ciclismo. Javier Guillén, actual director de la ronda, quiere que sea una cima histórica. Antes, toca bautizarla: lo hará un día antes del final de la edición que arrancará el sábado desde Sevilla. Y reza para que las condiciones meteorológicas no congelen ese debut. Cuando en 1959 inauguraron la Bola, mandaron construir una capilla. Eso era cuestión de hormigón. Más costó convencer al cura de Navacerrada, que no sabía esquiar, de que se acercara al altar. Durante años, un veterano campeón de España de esquí, Mario Morales, cargó con él a la espalda para dar misa. Lo que mueve la fe. Enrique Franco soñó con alcanzar un día la Bola y ya tiene fecha: el sábado 18 de septiembre de 2010, la penúltima etapa de la 75 edición de la ronda. La Vuelta de Diamante.
A unos metros de la Bola, en plena sierra de Guarramillas, nace el Manzanares. La Vuelta, como el río, descenderá para acabar en las calles de Madrid. Pero la carrera saldrá de otro cauce, el del Guadalquivir. Y de noche: con una contrarreloj por equipos curveando por la mejor postal de Sevilla. De La Maestranza a la Torre del Oro. La primera escuadra saldrá a las diez de la noche; la última llegará casi a medianoche. Horario futbolístico. Era la única manera de esquivar el calor que este fin de semana aplastará la capital andaluza. De ese calor hasta el frío de la Bola, los ciclistas pedalearán por Andalucía, Murcia, Levante, Cataluña, Andorra, La Rioja, Asturias y Castilla. Parece una edición para escaladores: con seis finales en alto y sólo una contrarreloj individual.
Y habrá temperatura desde el inicio. La organización ha olvidado a los velocistas: salvo la segunda etapa, con final en Marbella, el inicio de la carrera es quebrado. A Málaga se llegará tras el Puerto del León y la meta aguardará en el Castillo del Gibralfaro, un repecho de kilómetro y medio. Al final del cuarto día, en Jaén, se arribará por el alto de Valdepeñas. Y algo similar ocurre en la sexta jornada con Murcia y la Cresta del Gallo. La velocidad quedará para dos nombres con poesía: Lorca y Orihuela, el pueblo de Miguel Hernández. «En cuclillas ordeño una cabrita y un sueño». El sueño de Enrique Franco era la Bola.
Subida a Catí
Antes, los escaladores disfrutarán, ya en la octava etapa, del Xorret del Catí, de ese tremendo muro. La imagen de ciclistas retorcidos, anclados. Enseguida, en el décimo capítulo, la carrera estrenará un templo del cicloturismo catalán: el alto de Rat Penat, otra escalera. Inmediatamente, en la decimoprimera jornada, Andorra y la meta en la estación de Pal cubrirán el breve papel de los Pirineos. La Vuelta 2010 reserva el protagonismo para el tríptico cantábrico: finales en Peña Cabarga, Los Lagos de Covandonga y Cotobello, cima inédita precedida por uno de los puertos más ásperos de la geografía asturiana, San Lorenzo. A rezar. De ahí, tras la contarreloj llana y ventosa de 46 kilómetros por Peñafiel, la ronda trepará hacia el sueño de Enrique Franco.
Hace 75 años, cincuenta ciclistas madrugaron para pedalear sobre la primera edición de la Vuelta. Ganó el belga Gustaaf Deloor, un contrabadista y cazador furtivo que dedicaba la primavera a ser mercenario en el ciclismo. Cañardo, el catalán de Olite que pagó a plazos su primera bicicleta, casi le pudo. Dicen que cien mil personas les vieron llegar a Madrid. Desde el sábado, prolongarán esa historia los hermanos Schleck, Menchov, Sastre, Nibali, Igor Antón, Arroyo o Mosquera. Irán un poco más allá. Hasta donde nacen el Manzanares y algunos sueños. A la Bola del Mundo.
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