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La materia de los sueños

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La materia de los sueños

09.08.10 - 02:35 -
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La mujer había peleado toda su vida contra la adversidad, sin desmayo. Hija de un perdedor de aquella guerra, apenas pudo ir a la escuela, porque no tenían dinero y su padre no quiso que fuera a la escuela nacional de los años cuarenta.
Despierta y luchadora, siempre se había sentido rabiosamente libre por dentro y jamás se doblegó a los pensamientos políticamente correctos, ni en los tiempos del franquismo duro y machista que sintió como un latigazo continuo contra su alma rebelde, ni en los años del desarrollismo ñoño en que tenía que hacer esfuerzos por disimular su perspicacia. Edificó su pequeño espacio de libertad en su cocina, con su familia y con los libros que iba comprando, tantas veces, a plazos.
Tenía más de sesenta años cuando procuraron ocultarle porqué la sacaban del pueblo donde había criado a sus hijos, pero descubrió pronto el espanto de la amenaza que se cernía sobre lo que más quería, porque sabía leer en los ojos de ellos lo que las palabras pretendían ocultar.
Tenía ya setenta años cumplidos y nadie sabe bien cuál es la materia de los sueños, pero la mujer soñó con su marido difunto algunos días antes de aquello y le parecía que su marido difunto le quería decir algo, pero no conseguía entenderle. Creyó saber que había sido un presagio aquella mañana cuando escuchó en la radio de su cocina una noticia que le heló la sangre.
La mujer había cumplido casi ochenta años cuando tuvo un sueño también extraño. Su marido y su hijo, el que le mataron, se le aparecían a lo lejos, apenas los podía ver. Le habría gustado que se acercaran, le habría gustado verles sonreír y abrazarlos. Por la mañana pensó que algo iba a pasar, que los muertos de una no se presentan porqué sí.
La siguiente madrugada la llamaron para comunicarle que el presunto asesino de su hijo había sido detenido. Apenas pudo esbozar un agradecimiento. Le invadió la calma y la mujer durmió con una placidez que le resultaba desconocida desde hacía años. Al día siguiente fue, después de muchos años también, a ponerse a bien con su Dios. Y le gustó la sensación.
Nadie sabe de qué materia están fabricados los sueños, pero la mujer ya sabía que su hijo no estaba solo. A lo mejor padre e hijo seguían paseando juntos por sus sueños. A lo mejor podría llegar a verles sonreír.
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