La aventura del pequeño Hamma comenzó hace cinco años cuando llegó desde el Sahara hasta Miranda como un niño más integrado en el programa denominado 'Vacaciones en Paz', iniciativa organizada por la Asociación Burgalesa Amigos del Pueblo Saharaui.
Hamma era tan sólo un niño de 7 años con una mirada profunda, dulce y pícara que abandonaba su vida en el desierto para formar parte, durante dos meses en verano, de una nueva vida, muy distinta a la suya, junto a una familia mirandesa. Al bajar del autobús, se presentaba un nuevo mundo a sus pies, árboles, agua, luz eléctrica, edificios altos, cajones, armarios, juguetes, televisión…
Juncal Zamorano recuerda, como si fuera ayer, el día en que tomó la decisión de acoger a un pequeño saharaui. «A mis los críos me encantan. El día de la madre, hace ahora cinco años, oí que se necesitaban familias de acogida. Tenía un poco de miedo pero Mayte, la organizadora, me dijo que no me iba a arrepentir. En junio llegó el pequeño Hamma, el más movido y rebelde de todos», sonríe.
Juncal, una mujer madura, que ya ha criado a cinco hijos todos ya adultos, reconoce que los principios fueron especialmente duros. «Era un niño muy movido. Le metías en la cama y aterrizaba en el suelo de la otra cama porque el pobre no podía dormir en un colchón. El primer año fue complicado. Imagínate, un niño de siete años que no entiende nada del idioma, que viene a vivir a un país completamente diferente y que encima es especialmente travieso y movido. A Hamma le cuesta mostrar sus sentimientos. Ahora, después de tanto años, he conseguido que me dé un beso».
Lamentablemente no ocurre esto con todas las familias y algunas son las que renuncian porque la experiencia les resulta demasiado dura. «A veces los críos han tenido que buscar otras casas porque los padres de acogida no pueden con la situación y, en otras ocasiones, es el propio niño o niña los que prefieren cambiar. En mi caso, desde el primer momento, decidí no tirar la toalla y es que lo que empiezo lo acabo. Ahora está totalmente integrado con mis hijos, mis nietos y aquí en Miranda le conoce muchísima la gente».
Destino Smara
Juncal me cuenta que ya desde el primer año la madre de Hamma, Moira, la agradeció toda la ayuda. «Me dijo que había notado un gran cambio para mejor en el chiquillo y que una madre te diga eso, la verdad, es que te llena un montón. Con el tiempo también traje unos días a su hermana, Salima y a otro niño saharaui, Hali. La pequeña Salima, vino, a través del Gobierno Vasco, a una casa de acogida que hay en Ermua, allí la operaron de cataratas. Por desgracia se la ha vuelto a reproducir porque cuando regresan a su país no siguen las indicaciones médicas apropiadas. Creo que la van a volver a operar y entonces me la traeré unos días», me confiesa.
El mismo año que Hamma vino a Miranda, Juncal quiso saber de dónde procedía el chiquillo y se embarcó en la aventura del desierto para conocer a la familia del pequeño. «Yo me dije, si un niño es capaz de hacer esto ¿Por qué yo no?. Así que allí me fui y conocí cómo es el día a día».
Moira, la madre del pequeño, y sus cuatro hijos, otro está de camino, viven de forma muy humilde en Smara. «Es una mujer joven muy agradable y abierta. Tiene dos fotografías de mis nietos en la cartera. Es una gente que te acoge con los brazos abiertos y lo que te sorprende es que lo comparten todo. Todos los vecinos van a ver a la familia y se pone un gran plato de comida».
Juncal también nos habla de las mujeres. «Son muy trabajadoras. En casa están sin la melfa pero en cuanto llama alguien se ponen de inmediato el velo. Son muy coquetas y preciosas. Me piden que les saque fotografías. Como curiosidad, te cuento, que la crema que las llevo prefieren no extendérsela porque quieren que su piel parezca más blanca. Me dicen que las lleve una crema para ponerse blancas».
La aventura de Hamma concluye a finales de este mes de agosto tras cinco años y, aunque se guardan las apariencias, se nota que los sentimientos están a flor de piel. Pregunto a Juncal si cree que llorará cuando se marche y no deja de sorprenderme su respuesta. «No lo creo porque es un chiquillo muy fuerte, aunque lo sienta, no creo que se deje ver llorar. Me dijo hace pocos días que si podía quedarse en Miranda a estudiar pero yo ya soy muy mayor. No obstante, la puerta para quedarse en España la tiene abierta porque tiene dos hermanas de 20 años que están en Vitoria y, probablemente sí que pueda quedarse con ellas. Aquí en mi casa también tiene una familia».
Un pequeño muy conocido
Tras cinco años en Miranda, Hamma es ya uno más en el barrio. Aunque, algo tímido, me confiesa, en un perfecto castellano, que le gusta la música y que se lo pasa muy bien cuando Sandino o los grupos locales organizan conciertos en la Plaza de España. «Sí, me gusta el fútbol. Aquí soy un poco del Real Madrid. Me lo pasé muy bien cuando la Selección Española ganó el Mundial de Fútbol», se ríe.
Juncal corrobora lo que nos cuenta y nos asegura que conoce a más gente que ella en Miranda. «Cuando vas por la calle la gente le saluda a él. Le gusta acercarse a las bodas en la Iglesia de Santa María y me imagino que habrá salido en más de una foto».
En mitad de la conversación sale el nombre de Araiko y, de inmediato, el pequeño pide a Rubén "su otro hermano español" un álbum. Por un instante, Hamma, deja su cierta timidez a un lado y se dedica a explicarme dónde vive, lo que le gustaría ser de mayor, militar del Frente Polisario como su padre, me explica cómo hacen un pan típico en la arena del desierto, cómo es el clima dónde vive, quien es su hermana o los terribles efectos de las minas antipersona. «Mira este pobre camello, tiene la pata destrozada».
El niño de la selva
Rubén, hijo de Juncal, será, sin duda, una de las personas que más echará de menos al pequeño. Visiblemente emocionado nos cuenta que regresaba del Mundial de Alemania cuando su madre le dijo que el pequeño ya estaba en casa. «Al pasar Francia, llamé a mi casa y mi madre me dijo. Rubén, no entres en tu habitación que ya ha llegado Hamma. Duerme en el sofá para que no se asuste. La primera impresión al verle fue que era igualito que Mowgli el protagonista del Libro de la Selva. Era muy moreno, no hablaba castellano y comía con las manos». Mientras hablo con Rubén, Hamma le escucha atentamente y, se ríe de vez en cuando. «Menuda odisea cuando le duchamos por primera vez. Lloraba un montón y me quedé helado cuando, abrí la cebolla de la ducha y, su primera reacción, fue poner las manos en el sumidero para que no se fuera el agua. Le enjaboné a conciencia y luego pensé. ¡Madre que pasará cuando este vea una piscina!».
Antes de despedirme de la familia, Hamma escribe mi nombre en árabe en mi cuaderno. «Aquí pone Silvia, se escribe de derecha a izquierda», me dice y, sin tiempo, para poder darle las gracias sale corriendo del bar a corretear y jugar por las calles del Casco Viejo.