No ignoro que son fiestas, para algunos más que para otros dentro del alma, pero las de Vitoria reservan en su programa un hueco profundo donde caben manifestaciones intimistas. La Procesión de los Faroles es una y, especialmente horas después, el multitudinario Rosario de la Aurora. Al margen de fes y credos, de agnosticismos y ateísmos militantes, el paseo al alba por el corazón de la ciudad me ha parecido siempre un ejemplo impecable de emoción. Ayer mismo, asomado a la terraza poco antes de las siete, vi pasar por la calle a un blusa impoluto. Por la hora, sin duda, se encaminaba al rosario.
Si la diócesis quiere reclutar a alguien para impartir clases de Religión seguro que quien firma ocuparía el último lugar de la cola. Como aquellas elecciones que hacíamos de chavales a pies -monta y cabe, ¿se acuerdan los talluditos?- sería en este caso el gordo con gafas que si hace número impar se queda fuera de juego. Y aún así, sin más convicciones que la de que este mundo se termina con el último hálito de vida, me recuerdo conmovido cuando la imagen de La Blanca, a hombros de los blusas, entra en la plaza que le rinde homenaje. Esa ovación seca, que rompe educadamente el silencio de la mañana fresca, suena a sentimiento desnudo.
Fueron años seguidos en que la familia -todas nos juntamos menos de lo que deberíamos, ¿verdad?- quedábamos al comienzo de la Cuesta, a las puertas del Toloño. Resuena en mis oídos la voz tristona y resignada que partía del megáfono, tan en la línea de los cultos religiosos, desgranando las oraciones de un rosario que llegaba por radio hasta las camas de los enfermos. Muchos rezaban por convicción, otros paseábamos envolviendo de respeto nuestra presencia. Decían que cuando la cabeza de la manifestación devota alcanzaba la plaza, la cola aún se hallaba en los tacos de salida.
Llegaba luego la misa al aire libre, con el altar situado en las escalinatas de San Miguel, en ese enclave precioso de líneas que parecen juntarse a los pies de la hornacina. Era minutos después de aquella aparición señorial de La Blanca, en andas de las cuadrillas, por la esquina de la calle Diputación. Un momento difícilmente comparable porque cada comunidad necesita símbolos que la unan. Puede ser un club deportivo o una Virgen que haga sentirse igual de vitorianos por un momento a creacionistas sin un átomo de duda y a los darwinianos entre los que me encuentro.
Recuerdo también la comunión eterna, pese a la distribución de personal por la plaza para agilizar el sacramento. Y después, acabada la representación religiosa, la búsqueda de la plaza de España. Otro lugar de encuentro para el personal que no se había visto entre la multitud, el sitio donde la música abría las dianas de las nueve. Aquellas reuniones familiares solían rematarse por Dato y aledaños, en barras surtidas de chocolate con churros.
Hay misterios insondables, como ese punto de común acuerdo que genera el rosario del día 5. Quieran o no los defensores del ciclo completo, del 4 al 9 de agosto, para bastantes vitorianos el cumplimiento de las fiestas se nutre con la bajada de Celedón y la festividad de la patrona. Ya hace tiempo que no acudo al rosario. Las familias van perdiendo miembros por el camino y a quienes no nos sostiene la fe se nos escapan los motivos de asistir a ese paseo agradabilísimo, con el aire refrescándonos la cara entre las calles más emblemáticas de esta ciudad que el 5 de agosto sentimos más nuestra que nunca.