La asociación Capegabi se dedica a la acogida de animales abandonados. Ellos mismos lo explican en su web, que se abre a los sones del 'Dream a little dream of me': «En nuestras instalaciones acogemos y cuidamos a los perros y gatos que nos llegan, algunos en condiciones poco favorables y todos muy tristes y asustados». Además de que los perros y gatos estén tristes y asustados, se diría que el problema de Capegabi es que las autoridades no les pasan una. En 2009 el Ayuntamiento de Bilbao les ordenó abandonar el terreno que ocupaban en Artxanda. Desde entonces, voluntarios y animales protagonizan un pequeño peregrinaje por Vizcaya. El fenómeno es triste y teológicamente llamativo, ya que mezcla de algún modo el episodio del Éxodo y el del Arca de Noé.
Tras ser expulsados de Bilbao por el faraón municipal, la gente de Capegabi se instaló en Loiu. Y allí comenzaron los problemas con el faraón foral. La Diputación les expedientó por no tener las instalaciones en condiciones. Esta clase de problemas y expedientes se han repetido en Santurtzi, el lugar donde los amigos de los animales han emplazado definitivamente su sede.
El recinto que ha encontrado Capegabi también tiene líos con el Ayuntamiento de Santurtzi, que ha ordenado en varias ocasiones el cierre del centro. El asunto está en los tribunales. Como las desgracias nunca vienen solas, ahora sabemos que un brote maligno ha terminado con una decena de los perros de la asociación. Los más pesimistas piensan que ha sido el moquillo. Los optimistas confían en que se trate sólo de una garrapata agresiva, tal vez una con perfil psicopático. Entre quienes no se hallen adscritos a ninguna de las escuelas de pensamiento anteriormente citadas, habrá quien se limite a relacionar las muertes de los perros con los expedientes que se le han abierto a la asociación en los últimos años. Es sabido que muchos de estos grupos de acogida de animales tienen tantas buenas intenciones como pocos recursos. Sin embargo, parece claro que sus centros no tienen sentido si los animales no están en buenas condiciones sanitarias e higiénicas. Sacarlos de la calle para encerrarlos en jaulas insalubres no parece un acto de amor, sino más bien una clase de ensañamiento.