Se enorgullece el Getxo Aquarium en sus publicidades de ser el acuario de «más calidad de la península». Ignoro si lo es. A mí la vida, antes de llevarme a un acuario, me puso frente a la pecera grande del Rimbombín y yo ahí vi claro que la biología marina iba a gustarme sobre todo a la plancha. Es por eso que reconozco que no tengo la menor idea de si el acuario de Getxo es bueno o malo. Lo que parece claro es que no es rentable. Lo digo porque el centro pierde trescientos mil euros al año, mil euros cada uno de los trescientos días que abre sus puertas.
Hay que reconocer que tiene cierta lógica que un acuario mantenga una contabilidad submarina. Lo malo es que el de Getxo es de titularidad municipal y recibe unas potentes ayudas forales. El Ayuntamiento y la Diputación pusieron hace cuatro años un millón de euros para hacerse con un negocio privado que iba -también tiene cierta lógica- a pique. Desde entonces, la Diputación ha aportado 778.000 euros para darle vida al lugar. Y hace unos días supimos que la asignación para los próximos cuatro años aumentaba en un 6%. Hasta 2014, el acuario recibirá 825.000 euros.
Pese a todo el despliegue presupuestario, el acuario no atrae a las masas. En 2007 recibió dieciséis mil visitas, sólo cien más de las que recibió en 2009 el Museo del Pescador de Bermeo. Este dato no sé bien qué significa, pero estoy seguro de que, si soltasen a los del museo del pescador en el acuario, aquello iba a ser digno de verse. La Diputación justifica el desembolso señalando la importancia de «divulgar los conocimientos sobre la vida de los mares». Que la vida de los mares es importante no lo duda nadie. Ahí está el kraken. El problema es el precio de la divulgación. Igual nos sale más barato mandar a cada niño vizcaíno a bucear con los hijos de Cousteau que seguir manteniendo a flote el acuario. Aunque todo esto da un poco igual. Lo que hay que hacer con los acuarios es cerrarlos. Lo digo porque los animalistas los llaman «cárceles submarinas» y parece que ahora nos tomamos en serio a esos muchachos. Piensen en todos esos pobres peces privados de libertad e intimidad, en el exilio, sometidos a una involuntaria exhibición pública y a tratamientos científicos no deseados. Ni subvenciones ni nada. ¡Amnistía!