En pocos locales cerrados de Estados Unidos se puede fumar. Uno son las máquinas tragaperras de los casinos de Nevada y otro, el bar del Basque Center en Idaho. De no ser por un calor extraordinariamente seco e impropio de Euskadi, nadie diría que esto es América. Hay botellas de sidra, de txakoli. Cerveza. Hay hasta kalimotxo. Carteles que indican el límite a partir del cual está prohibido beber alcohol en la calle. Y en la barra un platillo con gildas. «No me gustan nada, son muy picantes», dice una expresiva anciana que contempla el espectáculo con su marido, militar retirado, tal como queda claro en el frontal de su gorra, cuya referencia en Euskadi es la antigua armería de Eibar.
El Jaialdi de Boise es un mosaico de personajes variopintos con un solo punto en común, su ascendencia vasca o su devoción por lo vasco, aunque también se dejan caer los lugareños atraídos por la fiesta. A cada vuelta de la esquina, hay una historia esperando. Como la del japonés Hagio Sho, socio de la euskal etxea de Tokio y dueño de un perfecto euskera que aprendió en la Universidad Waseda. O la del cirujano donostiarra de la prestigiosa clínica Mayo Mikel Prieto, experto en transplantes de riñón procedentes de donantes vivos, una técnica escasamente utilizada en España. Afincado en Estados Unidos desde hace 26 años e hijo de una ex diputada del PNV, habla con pasión de su profesión, de su familia, de los inviernos helados pero soleados de Minnesotta.
Al cabo de un rato, vuelve. «Se me ha olvidado comentarios que aunque me considero nacionalista me gusta este lehendakari. En Euskadi somos muy pocos para estar tan mal avenidos. Él se acerca más al concepto de la 'great tent' (gran tienda de campaña) de Estados Unidos, el de que todos caben bajo un mismo techo».
Aún perplejo, y tras cruzarse con el jeltzale Andoni Ortuzar ataviado con una camiseta a favor de las selecciones vascas saludando efusivamente al alcalde Bieter -«habla euskera mejor que yo», en palabras del lehendakari en su discurso de la cena-, el visitante puede encontrarse de repente con Victoria Oleaga Basabe, vestida con una blusa de corte impecable con estampado de ikurriña.
Es fácil averiguar el trasfondo de las cosas en un lugar donde todo el mundo se saluda con dos besos y una sonrisa franca. Vino de Mundaka a mediados de los sesenta con su marido y una hija de un año. Hoy es modista y sastra -cose ropa de señora y de caballero-, tal como reza su tarjeta, ornada con la ikurriña y la bandera estadounidense unidas por el mástil, el mismo pin que triunfa en las solapas de las chaquetas.
¿Cómo es posible esta fiesta enorme pero acogedora, esta especie de Aste Nagusia sin tensiones políticas? Da la clave Xanti Alzelai, miembro del grupo de dantzas Oinkari, jugador de pala y pelota a mano, vicepresidente de la asociación Euzkaldunak. «Es fácil ser vasco en Boise, y un honor. Soy americano, me gustan las cheese burgers y la pizza. Pero en el trabajo, por ejemplo, soy vasco para todos ellos. Y también me gusta la chuleta».