Taurinos hasta la médula y acérrimos detractores de la Fiesta. A ninguno de los dos bandos ha dejado indiferente el pronunciamiento del Parlamento catalán, que para muchos trasciende de la mera prohibición de las corridas y refleja el creciente intervencionismo de la Administración en la esfera individual del ciudadano. «No soy aficionado a los toros, pero su prohibición refleja la grave situación que atraviesa el país», protesta el escritor Javier Marías. «Simboliza la tendencia de todos los partidos políticos de acabar con aquello que no les gusta. Es un síntoma de una sociedad represiva, histérica y, en cierto modo, totalitarista».
Hasta ahora, en el mundo de la cultura había dos posiciones irreconciliables: los que disfrutaban en un tendido y los que abominaban del sufrimiento del animal. Fernando Colomo es de estos últimos: «Mi abuelo era muy aficionado, conozco el mundo taurino, pero nunca me ha gustado. Visto fríamente me parece una barbaridad, por muy costumbre española que sea». Al cineasta le parecía «impensable» que llegara a una cámara legislativa el veto de los astados. «Apoyo la prohibición porque me parece un avance contra una salvajada. A mí me gustan los toros, pero en el campo».
Fernando Savater reconoce que los toros pueden gustar o no, «pero que un Parlamento prohíba una costumbre arraigada que, además, implica una cierta forma de vida es un procedimiento inquisitorial». Según el filósofo, los Parlamentos están «para lograr que, dentro de la ley, convivan opciones morales diferentes, no para imponer una moral determinada». La intencionalidad política, ironiza Savater, queda a la libre interpretación de cada uno. «No es una medida antiespañola, porque, si bien prohíbe los toros, por otro lado reinventa la Inquisición, lo cual les mantiene dentro de la tradición española más castiza».
Otros intelectuales, como Ignacio Vidal-Folch, recurren al sarcasmo y advierten claros tintes políticos en la abolición de la lidia. «Parece un asunto de la familia Corleone y de los Balañá. Vulnera totalmente los derechos de los aficionados: ¿por qué hemos de quitarles aquello que les gusta?». Según el escritor, «en Cataluña no hay tonto alguno que se crea que es una cuestión de amor a los animales. Todos sabemos que es un ataque directo a los símbolos de la españolidad».
Berta Marsé recuerda que los derechos que se vulneraban eran los de los morlacos. Feliz con la decisión del Parlament, confía en que caigan otros festejos como los 'correbous' (encierros) y que se contagie la fiebre antitaurina al resto de comunidades: «A los jóvenes ya no les interesan las corridas, al final acabarán por desaparecer. Está claro que son y siempre serán un símbolo de identidad de España, pero no hay que olvidar que tienen que ver con la muerte y el maltrato animal».
Dejación de los partidos
Al actor Roberto Álamo, el 'Urtain' teatral, los toros le parecen «una salvajada». El consuelo de los aficionados «es que tienen el resto de España para disfrutar». Que se lo digan a Agustín Díaz Yanes, hijo de banderillero, que vivirá como «una tragedia» no volver a la Monumental y denuncia «la dejación de responsabilidad» por parte de los partidos políticos. «Es un tema lo suficientemente importante como para que el presidente del Gobierno se hubiera pronunciado. Se ve que el PSOE desconoce su historia taurina: Indalecio Prieto era un gran aficionado, al igual que muchos exiliados republicanos en Francia y México».
En definitiva, el director de 'Alatriste' aborrece la intromisión en las libertades y gustos personales: «Antes era Franco y ahora, estos curas ideológicos». Fernando Savater coincide con el cineasta y apunta que el ánimo censor ya estaba en el Estatut, «una pieza legal maníaca en la regulación de todos los gestos, actos, salidas y entradas de cada uno de los ciudadanos».