Tomo la pluma desde una profunda tristeza. Ayer murió una parte de mis sentimientos, el toreo en Cataluña. En Barcelona he vivido emociones hondas como aficionado. Tardes de José Tomás como la de su reaparición, el indulto de 'Idílico', faenas de Morante. Tardes en las que he sido parte de esa afición catalana, sí, catalana, que hacía del toreo algo propio, con pasión, sin complejos.
Y murió el toreo en Cataluña, o mejor, lo mataron enarbolando la bandera del animalismo. De manera errónea, porque hay principios universales del hombre que no pueden aplicarse a los animales. No significa esto que no tengamos deberes hacia ellos. Entrar en la dinámica de confundir los derechos del hombre con los de los animales no tendría fin. ¿Tenemos derecho a matar una mosca simplemente porque nos moleste? ¿O hervir los langostinos vivos porque así saben mejor? El animalismo es la negación de los valores humanistas y lo opuesto al carácter transcendente del ser humano.
El toreo nace como la Ilustración de la dominación de la inteligencia y el valor del hombre sobre el toro, el único adversario que el hombre considera digno de él. Para luchar y darle muerte debe arriesgar su propia vida. Es una fuente de valores estéticos que entroncan con el origen mismo del arte: dar forma humana a una materia de la naturaleza. No debemos olvidar que la existencia de la raza brava se debe por entero a las corridas y que lo que hace al toro un animal único es su bravura, y que ésta vive y se mantiene exclusivamente por la selección del hombre, pues la tendencia de la ganadería brava por sí sola es a la mansedumbre. El toro bravo, fiero y peligroso, acaba con la idea distorsionada del animal humanizado creada por el ecologismo de ciudad.
La corrida de toros es una ocasión única de contemplar con alegría el arte, de disfrutar de la vida respetando a la muerte, admirar al toro que vive en la gloria y que muere, lejos del matadero, con gloria. Un espectáculo irrepetible y desde ahora prohibido en Cataluña, tierra abanderada de la libertad. Prohibido prohibir, decían&hellip Ahora sus aficionados tendrán que huir a Francia en busca de libertad.
Pues sin duda, lo acontecido en el Parlamento catalán se debe al arraigo cultural de la tauromaquia en España. Es este arraigo lo que en el fondo se trataba de romper y, de hecho, se ha conseguido, de ahí que los 'correbous', de gran arraigo en Cataluña, no se prohíban. Estos no estorban, estorba la Fiesta Nacional, porque la única nación es Cataluña y España&hellip también estorba.