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Un beso en la pared

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Un beso en la pared

24.07.10 - 02:26 -
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Que el tiempo pone a cada cual en su lugar suele ser verdad inapelable. Otra cosa es que a muchos les dé igual que el crono les ubique finalmente en lugar poco honroso. Y aunque la cercanía a las personas en su día queridas pueda desembocar en total desencanto y distancia, no es ésta menos trascendental cuando la ponemos de por medio con los iconos caídos, arrastrados por sus propias estelas. Son éstos luces intensas que elegimos en la juventud como referencias de inquietudes, reivindicaciones y deseos, y que, ayudados por cello y chinchetas, vistieron nuestras paredes. Pero el paso del calendario ha ido alertándonos de que bajo muchas de aquellas luces,había similar herrumbre a la ya conocida, a la detestada.
Hoy es tiempo, lo es hace muchos años, de descolgar los pósters idolatrados. Las paredes lloran el vacío de su vertical impoluta, y efigies, banderas, revoluciones, hoces, siglas... se arrían como cuando cerramos la caja (nadie tiene ya baúl) donde se meten los recuerdos ajados. El problema es que no hay nuevos candidatos para ser aupados a la pared, no nos creemos casi nada, o a nadie, por lo que no es de extrañar que un pulpo sea el individuo que, durante semanas, más interés ha suscitado en Europa.
Personalmente tuve dos grandes láminas de mural que me acompañaron en mis mudanzas de estudiante; una era de Fidel y no habría ya que hacer muchos esfuerzos para entender por qué este personaje está enrollado en mi caja de telarañas desde hace... qué sé yo cuánto tiempo. Durante cuarenta años tuvimos por aquí otro sello postal que se creía también indispensable como Castro, como Pinochet, como Stalin, como Mao, como Videla... indispensables y alérgicos todos ellos a las urnas, salvapatrias de sus ombligos («cada vez que dicen patria pienso en el pueblo y me pongo a temblar», que cantara el inolvidable Carlos Cano en su 'Tango a las Madres de Mayo'). Y mi otro inevitable póster era el de una pareja que en 1950 se besaba enfrente del Ayuntamiento de París, un beso de amor en la calle, en una ciudad libre y venerada. Aquella fotografía en un país liberado de los nazis tras la reciente guerra mundial ponía un anónimo e improvisado beso lleno de color en una instantánea en blanco y negro. Porque era precisamente la improvisación de la imagen lo que cautivaba, puro oxígeno en una España anaeróbica.
Pero no. Supimos luego que el ósculo estaba más programado que la misa del gallo. Que la besada tenía nombre, y que era, al igual que su compañero, estudiante de arte dramático. Fueron contratados por el fotógrafo, y tuvieron que aplicarse varias veces hasta que Doisneau consiguió que su cámara interpretara un 'aquí te pillo-aquí te mato' cuando lo cierto es que el asunto venía precedido de un reiterado 'corten y repetimos'. Así pues, este beso también descansa mudo en mi caja de luces apagadas.
Pero hete aquí que ya tenemos un 'kiss' verdadero, mediático como ninguno pero realmente sólo de dos, el que Iker selló a Sara apartando el micrófono que ella le ofrecía como reportera. Cómo ajustarse a una solicitada valoración de la final cuando el final, de otra guerra y también mundial y ganada, sólo pedía un beso. Y se lo dio. Eso sí que fue despejar de puño la morralla que a ella, por bella, le habían estado arrojando unas cuantas bestias.
A los que no soportamos en la escritura la política correcta de la arroba, incorrecta, utilizada para evitar el género neutro, y a los que asistimos asombrados a que ese neutro sea patológicamente sorteado, bajo consigna o por mimetismo, con el nosotros y nosotras, trabajadores y trabajadoras, ciudadanos y ciudadanas... y así hasta la eternidad, a estos damnificados, digo, el acoso a la periodista Sara Carbonero nos ha parecido, éste sí, indignante, de un machista recalcitrante. Ese comportamiento sí que pesa unas arrobas, de caspa. Pero aquí la estrella, insisto, ha sido Casillas, y creo que la parada que le hizo a Robben y su arrojo labial, valiente y sincero, son más que suficientes para ser izado a las desnudas paredes.
No se sabe aún si las negociaciones para fichar a Paul, el lúcido pulpo, cuajarán para que juegue en el aquarium de Madrid. Pero sin querer quitar méritos a este 'octopussy', hago constar que el mismo día de la gran final, otro Paul, mucho menos conocido que el tentaculado, tenía también su página entera en los periódicos. Se trataba de Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008; vaticinaba en una rueda de prensa multitudinaria que no le sorprendería ver a algún país forzado a irse del euro, y al respecto no hizo como Gila, 'alguien ha matado a alguien', sino que apuntó con el dedo a Grecia, Portugal, España e Irlanda. Las densas y razonadas predicciones de este Paul, ignoro si provocadas con algún plato de mejillones en su comparecencia, fueron ciertamente desoladoras acerca de la economía española y el paro.
Hoy, la resaca del triunfo de la selección, inolvidable sin duda, va pasando, y el debate sobre el estado de la nación ha puesto las cosas en su sitio. O sea, el estado del Estado es malo, y nos aguarda una larga y oscura senda. Nadie visualiza la salida a la rácana situación. La bola de cristal de los economistas tiene mucho vaho y no dice ni pío. Tampoco se moja aquí Paul, el bicho, y cuando le preguntan la fecha en la que Europa podrá jugar de nuevo la Champion's del crecimiento económico, se queda más despistado que un pulpo en un garaje. Quizá lo mejor sea llenar de agua el Congreso y esperar a que a sus señorías les crezcan tentáculos que puedan entrecruzar para trabajar con una sola cabeza. Así lo sugieren los expertos para sacar a España de la ciénaga, así lo han hecho los del balón en Sudáfrica con una red de piernas sincronizadas avanzando sobre el verde tapete. A quien rema a su bola le ocurre lo que a Maradona, que es otro ídolo destronado como su amigo el viejo habanero, el único que le ríe las impertinencias mientras ambos se fuman un cohíba. Nosotros, mientras, ya podemos colocar un póster en la pared, el de un beso, un beso mundial.
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:: JOSÉ IBARROLA

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