Emi, como la llaman sus compañeros, lleva en el instituto de Txurdinaga Behekoa «casi más tiempo que el edificio», bromea. «Cuando empecé a trabajar, la zona estaba rodeada de campas y salir a tomar un café a media mañana era toda una odisea», recuerda no sin cierta nostalgia. Desde hace 37 años es la secretaria del centro, al que estos días dice adiós mientras organiza expedientes y reparte títulos entre los alumnos.
«Esta semana es la más intensa», explica, «con el final de curso hay que repartir las notas y preparar la documentación de los que se van». A partir del curso que viene, dejará de vivir ese ajetreo, y, aunque está «ilusionada» con la jubilación, «me da pena dejar los buenos ratos que paso con los compañeros, la charla del café, compartir las alegrías y las penas con ellos…», reconoce. «Al fin y al cabo, paso más tiempo aquí que en casa; la mayoría llevamos mucho tiempo y somos como una gran familia».
Emilia Etxarri llegó al instituto de Txurdinaga en 1973, poco tiempo después de la inauguración del centro. Con 16 años se había puesto a trabajar en la oficina de un almacén de fontanería con las miras puestas en sacarse una oposición. «Conocía a todos los hojalateros de Bilbao», recuerda. «Allí estuve siete años y cuando salía de la oficina iba a una academia para preparar el examen».
Tras obtener la plaza, su primer destino fue Eibar, donde estuvo seis meses haciendo prácticas, pero enseguida la trasladaron al instituto del incipiente barrio de Txurdinaga. «Los primeros años el edificio estaba en medio de la nada, rodeado de campas, era incluso peligroso llegar hasta aquí -recuerda Emi- por no hablar de lo que suponía cruzar campo a través para ir a tomar un café a media mañana». Con el tiempo el instituto fue creciendo y llegó a contar con más de un millar de alumnos, más los de algunos colegios concertados que acudían a Txurdinaga Behekoa para oficializar sus estudios. «Por aquí ha pasado muchísima gente. A veces voy por la calle y me gritan '¡Aúpa Txurdinaga!'», reconoce divertida.
A partir de ahora, echará de menos el trajín del instituto y el trato con la gente joven, pero Emi tiene muchos planes en mente para aprovechar el tiempo al máximo. «Lo primero que voy a hacer es ir a Londres con mi hija, ya tenemos el billete comprado», anuncia satisfecha. «Y después quiero recorrer el mundo, porque hasta ahora he tenido tan poco tiempo libre…».
Cuidar de sus padres
Además, pasará vacaciones y fines de semana en un pueblecito del Valle de Mena al que ella y su marido Jorge van desde hace más de 30 años. «Empezamos a ir de novios, hicimos amigos allí y ya no hemos faltado ni un fin de semana». Sin embargo, Emilia quiere seguir establecida en Bilbao. Aquí están sus hijos, Gorka y Marta, y «tengo que cuidar de mis padres, que están enfermos», explica.
Al despedirse de sus compañeros, Emilia se emociona recordando a su amiga Inmaculada, compañera desde sus inicios en la secretaría del instituto, pero a la que un accidente tiene postrada en la cama desde hace años. «Nos hubiéramos jubilado juntas y la he echado mucho de menos, pero ahora tendré más tiempo para ir a tomar café con ella y hablar de nuestras cosas como en los viejos tiempos». Los nuevos acaban de arrancar.