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Del farolillo al txikito

VIZCAYA

Del farolillo al txikito

Un bilbaíno vende en Internet el típico vaso, que tiene su origen en una visita de la reina Victoria Eugenia, para recuperar la tradición

18.07.10 - 02:44 -
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Tomar el típico caldo cosechero de taberna en taberna no ha pasado de moda. El ritual del poteo bilbaíno sigue presente como hábito de relación social entre la cuadrilla. Pero beberlo en el auténtico vaso de txikito es una tradición que casi ha quedado en el recuerdo. Pocos bares de la villa conservan estos recipientes, convertidos ahora en «obras maestras». Quizás sea una bilbainada más, pero aspira a convertirse en símbolo representativo de la ciudad.
Porque «ser txikitero es más que ser bilbaíno», se aventura a afirmar David Tazueco. Él es responsable de la tienda virtual Txikito, que apenas cuenta con dos meses de vida. Decidió poner en marcha el proyecto para hacer del vaso un recuerdo especial para quien venga de visita. «Es exclusivamente de Bilbao. Un elemento de nuestros antepasados que es necesario recuperar», dice.
El conocido vaso 'de culo' tiene más historia de lo que parece. Muchas son las versiones que rondan alrededor de aquel vaso que siempre parecía estar lleno de agua y en realidad estaba vacío; que de poco servía si lo que buscabas era saciar tu sed; y que costaba sostener entre las manos por su característico peso. La teoría más fiable apunta a que sus orígenes se remontan a los años 20 del siglo pasado. La reina Victoria Eugenia, mujer de Alfonso XIII, se acercó a Bilbao de visita oficial y para recibirla engalanaron la ciudad con farolillos. Lo que no sabían los vecinos del 'botxo' era que esa fecha supondría un antes y un después en sus costumbres rutinarias. Tras la marcha de la reina, decidieron dar una utilidad a esos candiles y se los regalaron a los hosteleros de la época, que optaron por convertirlos en el vaso de poteo por excelencia.
Desde entonces, una prensa que data de 1917 y con sede oficial en Barcelona se encarga de elaborar, de manera artesanal, estos recipientes para el consumo y ahora para el recuerdo. Tazueco aclara que su negocio funciona a partir de un pedido previo, y detalla que la histórica máquina elabora unas 300 o 400 unidades al mes. En la tienda virtual el precio del pack, que incluye un vaso, una botella de vino y un folleto explicativo, es de 35 euros.
Su fabricación manual hace que no haya dos iguales, pero tienen en común el grueso borde del vaso, de cinco milímetros. Su particular peso también le deja fuera del modelo estándar. Cerca de 623 gramos de vidrio prensado lo hacen único. Y cuatro centímetros de cuenco para servir el caldo son los responsables de su denominación de txikito.
Bilbainadas a capella
«El vaso es incómodo, así que bebían rápido y cambiaban de bar», comenta Tazueco. Como buen hijo de txikitero que actualmente predica con el ejemplo, rememora las batallas que de boca en boca han llegado a sus oídos. «Antaño se servía el vino en jarra, porque venía en pellejos», explica. «El pintxo de huevo duro era el acompañamiento indispensable, aunque el auténtico txikitero siempre se ha preocupado más de txikitear que de txikitear con pintxo», añade. Lo que no pueden faltar son las bilbainadas . Entonar cánticos como el 'Disen que viene Erreña' es más que una tradición. Canciones que, tras los efectos de los txikitos, son entonadas a capella por la cuadrilla al completo. Vicente López se las sabe todas. Txikitero desde los 20 años, lleva más de medio siglo involucrado en la causa. Todavía hoy se atreve a desempeñar el papel de trovador bilbaíno en solitario en la tradicional taberna Lagun artean de Iturribide.
Una nueva meca del txikiteo se encuentra en la avenida Sabino Arana de Bilbao. Rosa Barayazarra lidera esta aventura, llamada La Roussbería, que busca recuperar la tradición. Apenas lleva siete días tras la barra de uno de los pocos bares de la villa que oferta cosecheros en vaso de txikito, y ya hace un balance positivo del negocio. «El espíritu de este bar es el 'justiprecio' y el retorno a las viejas costumbres», explica. En La Roussbería cuentan con 37 vasos de txikito y sirven el caldo con la antigua jarra de loza, y «a precios razonables: un euro el txikito». Roussba, como la conocen sus amigos, rememora la última vez que bebió del famoso vaso. «Fue en Erandio, en el año 87. Tres años después ya se habían extinguido. Casi como los txikiteros, que quedan contados», concluye.
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