Han pasado quince años. Pero es como si hubiera ocurrido ayer. Mel Gibson agarra una silla de la elegante suite del hotel María Cristina, en San Sebastián. Sin pensárselo dos veces, le da la vuelta, abre mucho las piernas y se sienta en ella del revés, a horcajadas, como si cabalgara. Es su forma de enfrentarse a la media docena de periodistas que estamos a punto de entrevistarle con motivo de su visita al festival donostiarra para presentar 'Braveheart'. El actor sonríe con perfecta dentadura, pero sus ojos (de un azul tan intenso que parece artificial) nos miran desafiantes, casi burlones. De pronto, saca un enorme veguero y se toma el tiempo necesario para encenderlo y dar un par de bocanadas antes de contestar. ¿No es un poco pronto para fumarse un puro, tan de mañana?, me atrevo a preguntarle entre la nube de humo. «¿Pronto? -contesta altivo- Que yo sepa ya son más de las doce, así que no es por la mañana, sino por la tarde».
Gesticulante, excesivo, histriónico, arrogante y hasta un punto paranoico. Así se mostró Mel Gibson, a ojos de esta periodista, durante aquel breve encuentro en San Sebastián. Y aunque también hay quien lo recuerda con «cara de pánico» al enfrentarse a un abarrotado velódromo de Anoeta, poco antes de presentar su épica película sobre el héroe nacionalista escocés, no era al guerrero 'Braveheart' a quien se asemejaba Mel visto de cerca, sino más bien al cínico y sobradísimo (chulito y machista) 'Maverick', el tahúr del Mississippi, al que había dado vida en una película anterior y de cuya perversa influencia por lo visto no había logrado librarse.
Tres lustros después, a sus 54 años y medio, Gibson se enfrenta a su papel más penoso y antiheróico, pero desgraciadamente para él no en la pantalla, sino en la vida real. Acusado por su ex compañera sentimental de violencia doméstica, algo de lo que ya le culpó también su ex mujer, el actor pasa las horas más bajas de su carrera y probablemente de su existencia. Su representante le ha abandonado y su prestigio está por los suelos. «Prefiero comprometerme con Lindsay Lohan a tener que rodar con él», ha dicho un ejecutivo de Hollywood. Pero lo peor no es el desprecio de la industria. Lo más grave es que Oksana Grigorieva, la joven rusa por la que Gibson hizo saltar en pedazos su extensa y aparentemente modélica familia y con la que ha tenido a su octavo descendiente, una niña de ocho meses llamada Lucía, ha destapado la caja de los truenos al hacer pública una grabación en la que Mel admite implícitamente haberla golpeado. Peleas, palizas, amenazas tan poco edificantes como: «Te voy a enterrar en un jardín de rosas», son las pruebas que ofrece Grigorieva para demostrar que ha vivido en un auténtico infierno y presentar al mundo la otra cara de esta superestrella de Hollywood, nombrada en su día «el hombre más sexy del mundo» y por el que muchas mujeres en todo el planeta han llegado a suspirar.
Alcohólico, racista...
Guapo, ultracatólico y poco sentimental, Mel Gibson pasó durante años por ser un 'pater familias' conservador y religioso hasta el fundamentalismo. Pero su apego a la Biblia no le impidió sin embargo caer en el alcoholismo y en algo mucho peor: el racismo. Su cotización como actor ya bajó muchos enteros en el año 2006, cuando tras ser detenido conduciendo ebrio en Malibú, se dirigió al agente de policía que lo había detenido asegurando que los judíos tenían «la culpa de todas las guerras del mundo». El problema es que ahora a su fama de bocazas y reaccionario (se ha pronunciado contra la eutanasia y la investigación con células madre) se une otra mucho más imperdonable: la de maltratador.
Director de 'La pasión de Cristo' y 'Apocalypto', rodadas en arameo y en maya respectivamente, Mel Columcille Gerard Gibson, neoyorquino criado en Australia, el sexto de once hermanos y bautizado con nombre de santo irlandés, siempre ha dado cuenta de una determinación notable. Cualidad que tal vez le venga de familia. Su abuela materna, Eva Mylott, fue una cantante de ópera australiana y su padre, Hutton Gibson, un airado ciudadano que tras ganar un juicio por lesiones y denunciar la guerra de Vietnam abandonó Estados Unidos por considerarlo un país inmoral. Mel se casó con la enfermera Robyn Moore tras contactar con ella a través de un servicio de citas y luego se dedicó a pastorear con mano férrea a su numerosa familia. Hasta que dio el campanazo con una separación sorpresa seguida de una nueva relación con embarazo. Ahora el moralista Gibson se desmorona ante los ojos atónitos del mundo que lo admiró. Está claro que no sólo desconoce 'En qué piensan las mujeres', como rezaba aquella comedia suya, sino que, de no cambiar radicalmente de actitud y enmendar sus graves errores, el actor podría asistir a su propio 'Apocalypto'.