El mundo es rarísimo. Tanto, que en el subsuelo marino hay depósitos de gas natural. Valiosos depósitos de hidrocarburos perdidos en los sótanos de la mar océana. Esto no tiene ningún sentido y probablemente echa por tierra todas esas teorías que hablan del diseño inteligente. Parece claro que si el diseño hubiese sido, no ya inteligente, sino mínimamente espabilado, el gas natural estaría mucho más a mano. Brotaría, no sé, de los árboles. Y lo haría ya dentro de las bombonas adecuadas, con unas etiquetas en las que se podría leer en varios idiomas qué diablos debe de hacerse con semejante sustancia incomprensible.
Pero las cosas son como son. Complicadas. Y como el gas no viene a nosotros, somos nosotros los que tenemos que ir a por el gas. Bueno, nosotros no, Repsol. La compañía petrolífera lo hizo durante años en la Gaviota, la plataforma que le da un perfil extraterrestre a la línea de costa de Bermeo. Durante ocho años, en la Gaviota se extrajo gas a todo trapo hasta que se agotaron las reservas de la zona. Desde entonces, la plataforma se utiliza como enorme almacén subterráneo. Ahí dentro caben dos mil quinientos millones de metros cúbicos de gas.
Ahora Repsol va a invertir treinta millones de euros en realizar dos sondeos a pocos kilómetros de la Gaviota. Creen que puede haber nuevos yacimientos de gas y van a poner en marcha todo el operativo necesario para comprobarlo. El operativo se entiende que es complejo en grado máximo. No es fácil hacer ingenierías mar adentro. Parece que los sondeos comenzarán el próximo verano, cuando el estado del mar sea favorable. Las operaciones implicarán un considerable ir y venir de helicópteros, expertos y maquinaria pesada. También la prohibición, por motivos de seguridad, de realizar cualquier tipo de actividad de ocio o pesquera en un kilómetro a la redonda. Todas estas complicaciones se deben a lo mal organizado que está el mundo. Esconder el gas bajo el fondo del mar. A quién se le ocurre.