La fiesta organizada por el Ayuntamiento de Barakaldo en el frontón de la localidad fue aguada por un grupo de desconocidos en plena segunda mitad del partido. La pantalla gigante instalada en el recinto deportivo -con capacidad para 700 personas- se apagó de forma sorpresiva en torno al minuto 76. Los aficionados, que vibraban con los ataques de 'La Roja', abandonaron el equipamiento pensando que se trataba de una avería eléctrica.
Antes de que acabara la final, sin embargo, el Ayuntamiento conocía de mano de la empresa encargada de la pantalla que el problema se debía a un sabotaje. Al parecer, desconocidos impidieron que la corriente «llegara al cuadro eléctrico» del frontón con algún tipo manipulación en «el exterior de las instalaciones».
Técnicos municipales y de Iberdrola intentaron sin éxito devolver la electricidad al recinto deportivo, pero los nervios por la final llevaron a los asistentes a correr a bares y domicilios para celebrar el histórico triunfo de 'La Roja'. «El equipo de gobierno quiere denunciar el sabotaje y lamentar que por su culpa los 700 espectadores que llenaban el equipamiento municipal hayan tenido que abandonarlo precipitadamente», censuró el Consistorio en una nota.
Poco antes del inicio de la retransmisión, un centenar de personas se concentraron frente al frontón con ikurriñas y una pancarta en la que se podía leer 'Nazio gara, euskal selekzioak, bai' (somos una nación, selecciones vascas, sí). La Ertzaintza se desplegó en la zona para prevenir altercados.
Pese al mal trago que supuso en un principio quedarse sin pantalla gigante, los asistentes no tuvieron problemas para seguir el partido en las decenas de establecimiento cercanos que ofrecían el histórico encuentro. En la plaza de Elkano, una de las más céntricas de la localidad, un bar había cambiado su terraza por una pantalla de plasma y hasta alguna vuvuzela tronaba entre los grupos de seguidores apiñados que se tiraban de los pelos con una oportunidad perdida de Sergio Ramos o esa cabalgada en solitario de Robben que cortó el aliento de la afición.
«¡Qué es histórico!»
El frontón, hasta el sabotaje, fue el epicentro del fororismo. Unas 700 personas con banderas, la elástica española, cornetas y algún que otro petardo se reunieron para seguir con mucho calor y muchos más nervios el partido. «Un gol y basta», decía Rafael Guerrero. Cerca, Aitor Miranda, un joven envuelto en la rojigualda, todavía confiaba optimista en meterle «dos golitos» a los holandeses y aseguraba que, pasara lo que pasara, él se iba luego a la plaza Moyua con su bandera a celebrarlo. «¡Qué esto es histórico!», repetía Chema Rodríguez junto a su mujer Ana Belén Rozas, muy metido en el encuentro y con la bocina en la mano haciéndola resonar una y otra vez. Todos ellos, pese a que la noche pintó negra, pudieron festajar poco después un triunfo que jamás se olvidará.