En toda ciudad que se precie existen locales que guardan entre sus estanterías la esencia del tiempo que les vio nacer. Suelos, mobiliario, techos y, sobre todo, su peculiar olor, hacen que sean únicos e irrepetibles. EL CORREO ha recorrido Vitoria y ha dado con diez locales en los que parece no haber pasado el tiempo.
En la plaza de España se encuentran dos de ellos. Telas Junguitu y la librería El Globo. El primero abrió sus puertas a principios del siglo pasado. No obstante, la fachada, el suelo y las baldas no han variado. «Me encanta venir aquí y verlo tal y como estaba cuando yo era pequeña», asegura con nostalgia Marisol Astrain, una de sus fieles clientas. El establecimiento como tal nació mucho antes de 1900, aunque fue el abuelo de las actuales propietarias, Marisol y Blanca Carmenzana, quien se aventuró a fundar la tienda de telas. «No lo hemos reformado nunca porque nos parece que está muy bien así. Además, los clientes nos piden que lo mantengamos igual. Si lo modernizamos seguro que perdemos a la clientela», asegura Marisol.
Al otro lado de la plaza se encuentra la librería El Globo. Sin duda, un santuario de la prensa y las revistas en la ciudad. Fue fundada en 1880. No obstante, su primer emplazamiento se situó en Postas -frente a For- en un kiosco que tenía un globo terráqueo en la parte superior. Razón ésta por la que recibe su nombre. La librería se abrió en 1931. «En un principio aquí se repartían los tacos de periódicos que vendían los voceadores por la calle. Luego con el tiempo empezó a venderse la prensa en el mismo local», explica Mari Mar Ezquerra. «Mucha gente entra y cuando les preguntas a ver qué quieren te contestan que oler. Si en vez de periódicos y revistas vendiésemos frascos con el olor del local, nos hincharíamos», bromea. Por si fuera poca la historia que atesoran sus paredes, suelos y estantes, aquí fue donde se imprimieron los primeros naipes de Fournier. Casi nada.
Cerca de El Globo, en Postas, junto a la antigua ferretería Marañón, se levanta un estanco que mantiene su sabor. El diseño, los materiales y su estructura lo hacen inconfundible. Otro local genuino es la Carnicería de Caballo Manolo, en Correría. Una chacinería especializada en carne de corcel que lleva sirviendo a los vitorianos desde el año 1947. «Es un local que si estuviera en cualquier otra calle de la ciudad llamaría mucho más la atención», apunta Manolo Álvarez Medinabeitia, el titular.
No obstante, hablar de tiendas inmortales y no hacerlo de la farmacia Puente, en la Cuesta de San Francisco, es inconcebible. Se trata de la botica más longeva de la ciudad y entre sus paredes se guardan auténticos tesoros. Las baldas, los botes de Limoges, la balanza y la sumadora del año 1900 la hacen inconfundible. Aún así, lo más curioso de ella, fundada en 1826, se encuentra en sus techos.
Un espectacular fresco del pintor alavés Ignacio Díaz Olano lo adorna, como si de una capilla sixtina se tratase. «Es una de las tiendas más bonitas de toda la ciudad. Me gusta mucho venir porque me trae muchísimos recuerdos», relata María Rosa Gutiérrez. Es más, el edificio donde se encuentra fue diseñado por el arquitecto Olaguíbel. «No sabemos con seguridad si vivió aquí o no», destaca Íñigo Puente, la cuarta generación del negocio.
Casa García y Goya
En la calle Dato se encuentran otros dos originales comercios. Cafés Eguía, en el número 9, y Goya, en el 20. Eguía comenzó su andadura en 1936. Los mostradores, el suelo y sus paredes de madera nos trasladan en el tiempo. Sin embargo, y pese a que la fachada ya tiene más de 30 años, no es la primitiva. «Hubo que cambiarla cuando ETA hizo estallar una bomba en el Hilo-Hilo (actual café Dato)», rememora Jesús Eguía. La pastelería Goya -la pequeña, frente al Caminante- lleva igual desde 1926. Año en que se fusionó con la antigua repostería Casa García. Por dentro se reformó en 1963, aunque su fachada ha seguido igual para, al menos, cinco generaciones de vitorianos.
Cerca de allí, en Florida 28, se encuentra otro de estos peculiares museos vivos. Es el caso de Ultramarinos Elguea. «Nunca hemos reformado la fachada porque nos parece que así mantiene su propia identidad. Mucha gente se para a sacar fotografías», apostilla Arantza Elguea.
Y ya en la plaza de la Provincia se ubica una de las librerías más añejas de la ciudad: Mayner. Un comercio que pese a haberse abierto en el año 1957, el olor a tinta embriaga nada más entrar. Por ello, muchos son los vitorianos y visitantes ilustres los que han comprado sus libros y cuadernos en este emblemático establecimiento. Entre ellos, Antonio Gala, Miguel de la Cuadra Salcedo y Jesús Guzmán, uno de los protagonistas de la existosa serie de los años setenta 'Crónicas de un Pueblo'. «Cada vez que viene a Vitoria entra a comprar alguna cosa», destaca Máximo Mayner, su dueño.
Por último y con los días contados, se encuentra la mercería Marimí. Un establecimiento que nació en los años cincuenta cuando la actual dueña tenía sólo diez años. Desde entonces, la tienda sigue igual. Los cajones, la fachada y las estanterías llevan más de medio siglo mostrando el género hasta a tres generaciones distintas: abuelas, madres e hijas. «Me jubilo dentro de cuatro meses y no sé qué va a pasar con todo esto. Algunas clientas me están pidiendo que les dé las cajoneras. Aquí todo está de la misma manera que cuando mi madre la abrió», relata melancólica Marimí Barajuen.