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La fuerza de los rumores

30.05.10 - 03:09 -
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Sean o no ciertos, la gente tiende a creerse los rumores. Eso explica que en plena era de Internet, cuando se han multiplicado los medios que cualquier persona tiene su alcance para adquirir conocimientos veraces, el rumor falso siga siendo una poderosa arma de desinformación. Unas veces viene en forma de 'leyendas urbanas' creadas por mentes fantasiosas, otras como chismes maledicentes que deben su origen a la envidia o el rencor, y otras es el fruto de estrategias organizadas para desacreditar a un organismo, un partido político o una empresa. Cuando Alejandro Magno se disponía a enfrentarse a las tropas persas en la decisiva batalla de Gaugamela, propagó el rumor de que su plan era atacar de noche. Los espías infiltrados entre los suyos alertaron a los persas, que permanecieron en vela hasta el amanecer mientras Alejandro y su ejército descansaban. Por la mañana tuvo lugar el ataque, ante el que nada pudieron hacer los dormidos soldados del rey Darío. El rumor había sido una poderosa arma de combate.
En su libro 'On Rumours' (traducido al castellano como 'Rumorología'), el jurista y politólogo Cass R. Sunstein ha tratado de desentrañar la mecánica del rumor en nuestro tiempo y los motivos por los que los ciudadanos, incluidos los más formados, siguen sucumbiendo al efecto de esos artefactos de desinformación por inconsistentes que sean. Tendemos a subestimar la fuerza de los bulos, dice Sunstein. Sin embargo, millones de personas siguen creyendo que el hombre jamás pisó la Luna, que Irak almacenaba armas de destrucción masiva o que el Holocausto fue un invento de la propaganda judía.
El éxito de los rumores guarda, sin duda, una relación directa con su calidad -hace falta que contengan un cierto grado de verosimilitud- y con los medios empleados para propagarlos. No tiene el mismo alcance una falsa noticia dicha en un círculo de amigos que un 'scoop' imaginario difundido por la televisión. Pero nada de eso importaría si las personas no estuviéramos dispuestas a aceptar los rumores con mucha más facilidad de lo que se cree. No es ingenuidad precisamente. Hay en nosotros una especie de predisposición hacia el rumor que hace que éste prenda y quede anclado en nuestra mente por más que las pruebas lo desmientan. Las razones del fenómeno son diversas. Bertrand Russell ya apuntaba una de ellas cuando hacía notar que «la verdad no siempre es interesante y la gente cree muchas cosas sólo porque son interesantes, aunque en realidad apenas haya evidencias a su favor». Muchas veces los rumores son maliciosamente agradables, dan un toque de novelería a la gris normalidad, y eso hace que nos sintamos atraídos por ellos.
Y es que nunca procesamos la información de forma neutral. Los rumores falsos son difíciles de corregir porque en su recepción y su propagación intervienen elementos emocionales (simpatías, rencores, miedos, anhelos) que no operan a favor de la verdad sino del deseo. Ante rumores que nos reafirman en la idea negativa que tenemos de alguien, esa inclinación previa nos lleva a admitirlos como ciertos. Y si esto ocurre en el plano personal, mucho más en el ideológico, especialmente cuando el individuo tiene una visión del mundo pesimista y oscura: cualquier mensaje que venga teñido de sombrías teorías o siniestras conjeturas o que produzca sentimientos fuertes (repulsa, ira, indignación) tendrá en su espíritu mejor acogida que los que aporten algo de luz.
Curiosamente, afirma Sunstein, las refutaciones razonadas y las correcciones basadas en pruebas objetivas no siempre logran acabar con los falsos rumores. Ello es debido a dos mecanismos convergentes: el 'efecto cascada' y la 'polarización de grupos'. El efecto cascada hace que la señal se refuerce cuanta más gente la recibe, hasta llegar a un punto en que es casi imposible resistirse a ella. A menudo, se trata de una 'cascada de conformismo' en la que el rumor es aceptado no porque se crea en él, sino para ganarse la simpatía y el favor de los que lo comparten. La polarización de grupos es otra forma de asimilación tendenciosa en la que los rumores se respaldan porque provienen de personas de mentalidad afín o con intereses compartidos; una habladuría sobre un profesor crea cohesión entre los estudiantes, al igual que los empleados se sienten más dispuestos a creer una noticia falsa que desacredite a su patrón. Tan es así, que a menudo los desmentidos no borran la mentira, sino que la refuerzan. Si una empresa trata de luchar contra un rumor sobre las dificultades que atraviesa, puede que haya más personas que lo crean. Si el río suena, agua lleva, dirán algunos.
¿Cómo resistirse a aceptar como válido algo que, aunque sepamos que es erróneo o tendencioso, nos reafirma en nuestra posición? Y es que cuesta mucho trabajo reconocer las equivocaciones, pero más todavía si hacerlo significa admitir nuestra estupidez. En resumidas cuentas, buscamos y creemos la información que nos conviene, que sirve a nuestro interés, que nos da placer, y evitamos la información que nos resulta perjudicial, incómoda o perturbadora. Qué se le va a hacer.
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