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Un estado de guerra permanente

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Un estado de guerra permanente

Miembros de la Legión repasan en el distrito que acoge la base de las fuerzas especiales británicas las incesantes misiones militares con los gobiernos laboristas

05.05.10 - 03:00 -
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En la primera guerra del Golfo los periodistas habían colgado del general sir Peter de la Billiere un apodo -'cuerda de piano Pete'- que sugería la capacidad del comandante de las fuerzas británicas de convertir una velada musical en un baño de sangre. Sir Peter había sido director de las fuerzas especiales del Ejército británico, SAS, que actúan dentro de las líneas del enemigo.
Su fama se debe en parte a la paradoja de tener un código estricto de silencio sobre sus actividades y una copiosa literatura. De la Billiere contribuyó con un libro a rasgar el velo y Andy McNab, sobrenombre del mando de una patrulla que penetró Irak en la guerra de 1991, le siguió con un éxito de ventas. Trufado de ficciones, desveladas por otros miembros del comando o por autores que investigaron la operación, la saga de libros y películas sobre 'Bravo Two Zero' realzó el prestigio de los 'rambos' británicos.
El 22 SAS es la selección de los mejores soldados de los regimientos británicos y de la Commonwealth. Su base está en Credenhill, cerca de Hereford, una vieja ciudad catedralicia en la frontera entre Inglaterra y Gales. El campamento es un conjunto de edificios con techado metálico verde frente al que se han levantado los polígonos de viviendas para alojar a su personal. Hombres jóvenes con aire de estar en buena forma corren sus maratones por las carreteras circundantes.
De aquí parten unidades a las misiones más secretas y peligrosas en las incesantes guerras del Gobierno laborista. Bombardeos de Irak en 1998, guerra en Kosovo en 1999, en Sierra Leona en 2000. Tras el 11-S en Estados Unidos, las guerras en Afganistán y en Irak. Tony Blair presidió un Ejecutivo en estado de guerra casi permanente.
La base del SAS forma parte de la circunscripción de Herefordshire Norte, cuya ciudad principal es Leonminster. La cita con miembros de la Real Legión Británica en la villa-mercado de una comarca agrícola y ganadera comienza con ese recuento.
-Pero hemos estado en guerra constantemente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial -dice Frank Low-. Teníamos un gran Ejército y nos implicábamos si alguien nos lo pedía.
-Nos preocupamos demasiado por otra gente -dice Maureen Ellis-. Además, cuando los americanos hacen algo, tenemos que seguirles. Margaret Thatcher empezó y desde entonces hemos ido hacia abajo.
Y el grupo -que incluye al marido de Maureen, William- intenta recordar batallas: «La emergencia de Malaya, ¿Kuwait?, no, antes fue Corea, Egipto 1956, Adén, estamos olvidando Belice, Falklands, Sierra Leona...y no hay que olvidar Irlanda del Norte, que no era una guerra pero fue constante».
-Al menos un soldado británico ha muerto cada semana desde 1945, dice Maureen.
El grupo llega al consenso de que esa cifra ha de ser un promedio de muertes y semanas.
-Se nos ha olvidado Kenia.
-Teníamos un imperio africano y si alguien se rebelaba contra los británicos podía llegar a presidente, explica Frank.
Sacrificios e intereses
La Real Legión Británica es una organización caritativa. Tiene una red de clubs, recolectan fondos para atender necesidades de quienes han servido en el Ejército. Los miembros de la Legión pueden ayudar a un ex soldado a rellenar formularios para pedir algún subsidio u organizar una vacación para veteranos en alguno de sus hoteles en villas costeras.
La conversación avanza hacia la política. Frank votará a los laboristas, porque cree que Gordon Brown es un buen gobernante. Aunque está preocupado porque gente que llega al país no respete sus reglas y quiera imponer, por ejemplo, la ley musulmana.
Maureen dice que en esta circunscripción votarían a un asno si se presentase como candidato conservador, pero mucha gente votará esta vez al UKIP, al Partido de la Independencia de Reino Unido, que quiere la retirada de la UE. Maureen expresa malestar con los embarazos de las jóvenes, con extranjeros que no cumplen las reglas, con gente que trabaja pero cobra al mismo tiempo subsidios, con partidos que prometen más de lo que pueden hacer, con los gastos injustificables de los políticos...
En un jardín de las afueras, junto a un aparcamiento, hay un monumento en memoria de los «hombre galantes de este burgo que dieron sus vidas por el honor y la libertad en la Gran Guerra de 1914 y 1919». Y en la lista están efectivamente los nombres de Leonard, David, Fred y William Ellis, los tíos de William, que decía en la conversación que él lleva el nombre de uno de los cuatro que murieron en aquella guerra. Y Maureen expresó entonces el orgullo de que su hijo sigue ahora la tradición. Desde 1914 hay un Ellis en un regimiento del Ejército británico...
En ese momento llega al aparcamiento Bill Wiggin, el diputado conservador. Es hijo de una familia hacendada, fue a Eton, como David Cameron, que le puso al frente de la disciplina del grupo parlamentario. Ha aparcado su Land Rover. Viste el uniforme de un rico británico: chaqueta tweed de lana, pantalones beige, zapatos de ante... Luce la escarapela de campaña, en azul 'tory', sobre la solapa. Cargó a los contribuyentes intereses de una inexistente hipoteca en su granja, donde cría pollos y vacas que han recibido galardones en ferias agropecuarias.
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