George Orwell y David Cameron tienen cosas en común. Ambos estudiaron en el internado de Eton. El líder conservador porque las familias ricas envían a sus hijos al prestigioso colegio. Orwell, cuyo padre fue funcionario en la administración colonial en India, porque logró una beca.
A los dos les preocupaba también la 'sociedad rota'. Cameron ha convertido esa expresión en el trazo grueso de los males que quiere enmendar. Hace ahora 74 años, George Orwell, que había publicado tres novelas y su memoria de vagabundo en Londres y París, fue a Wigan para recabar información para un libro -'El camino a Wigan Pier'- que retrató las condiciones de vida en las ciudades industriales del norte, que alarmaban también entonces a la buena sociedad.
Wigan era en 1936 un centro importante de la minería del carbón. Era, en la pluma de Orwell, «un laberinto de barriadas y oscuras cocinas traseras en las que gente envejecida y enferma se arrastra y se arrastra como cucarachas», una ciudad poblada por 'trogloditas' que producían con sus manos el sustento imprescindible para la vida de los demás. «Usted y yo, y el editor del suplemento literario de 'The Times', y los poetas amanerados y el arzobispo de Canterbuy y el Camarada X, autor de 'Marxismo para niños', todos nosotros realmente debemos la decencia comparativa de nuestras vidas a unos pobres esclavos subterráneos, ennegrecidos hasta los ojos, con sus gargantas llenas de polvo de carbón, moviendo sus palas con brazos y tripas de acero».
Cuando se publicó el libro, que molestó al editor a y a la crítica, Orwell ya se había alistado con las tropas republicanas en la guerra española. Respondía a las quejas metropolitanas sobre la holgazanería, insalubridad o alcoholismo de los empleados, o desempleados, en la industria con una crítica a la moralidad pretenciosa de las clases altas y al paternalismo de los intelectuales socialistas. Wigan no estaba rota sino que intentaba sobrevivir en condiciones de pobreza y esfuerzo extremos.
Hay ahora en Wigan un 'pier' turístico, un minúsculo parque temático del pasado industrial, con un embarcadero restaurado del canal que llevaba barcazas con carbón y un pub, The Orwell. Y en el Ayuntamiento de la ciudad hay un Comité para la construcción de comunidades más fuertes.
Myra Whiteside preside el comité y, como el municipio incluye varias poblaciones, se ofrece a ilustrar su trabajo, en Leigh, donde reside, un lugar urbanizado intensamente, como Wigan, para explotar las minas de carbón. Y recibe al periodista extranjero junto a Kevin Anderson, que tiene en el gabinete municipal el cargo de campeón de vecindarios.
Gran inversión pública
Estos concejales laboristas que viven en circunscripciones que envían a Londres diputados de su partido desde la noche de los tiempos recitan con pasión los logros de su Gobierno. La inversión pública en estas áreas ha sido enorme, dicen. Hay nuevas escuelas y centros de salud, instalaciones deportivas, ha aumentado el salario mínimo y ya no hay gente trabajando por 2 euros la hora y sin vacaciones.
Las quiebras son un legado de las políticas conservadoras, el enorme desempleo provocado por el cierre de las minas. Este Gobierno ha gastado en formación profesional e incluso en un experimento pionero que presta atención individual a padres y bebés de familias a los que los servicios sociales consideran con dudosa capacidad para la crianza de sus hijos.
Myra Whiteside monta en su coche para mostrar en el distrito por el que es concejal las realizaciones de las asociaciones vecinales. Han comprado dos casas abandonadas y las han convertido en un centro comunal, con una cancha de juegos de hierba artificial para los jóvenes. Han creado, como proponía Orwell hace 74 años, huertas para producir sus propias hortalizas, que venden para comprar las semillas de la próxima temporada.
La inversión del Gobierno laborista ha permitido renovar el parque inmobiliario público con nuevos tejados, ventanas y calderas y la privatización de las viviendas municipales por el primer Gobierno de Margaret Thatcher, que promovió según el relato liberal una democracia responsable de propietarios, es percibida aquí como un desastre. Los compradores iniciales cayeron en la cuenta de que no podían pagar el coste de mantenimiento y las vendieron a propietarios que las alquilan por bajo precio a poblaciones en tránsito, que generan a menudo problemas.
Myra señala terrenos baldíos que ha recuperado para plantar narcisos primaverales y embellecer el distrito. Que no es ya un laberinto de barriadas y minas pero sigue votando laborista, porque es el partido que se creó para defender a la clase obrera, el que da fuerza a esta comunidad: «Por cada familia problemática hay una docena que no lo son. Y eso ha ocurrido siempre. Estoy en el consejo de gobierno de dos escuelas y hay muchas buenas familias y muchos buenos críos. Me siento tan orgullosa de representar...». Y esta mujer de 63 años ha de detenerse para contener las lágrimas de su orgullo.