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Las mujeres arriman el hombro

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Las mujeres arriman el hombro

02.04.10 - 02:40 -
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Un paseo por las páginas web de algunas de las cofradías más antiguas del país, sobre todo de Andalucía, dibuja un panorama un tanto medieval de las procesiones de Semana Santa. Y no por los atuendos tradicionales de quienes desfilan, ni por la antigüedad de las imágenes que portan, sino por justificaciones como ésta para prohibir a las mujeres ser costaleras y cargar a hombros los pasos junto a los hombres: les impiden desarrollar esta labor por las posturas «soeces» que se pueden producir durante el desfile. Ven inapropiado que hombres y mujeres caminen tan pegados, coordinando sus cuerpos para agacharse y levantarse a un tiempo, moviéndose al mismo ritmo...
En Bilbao, sin embargo, las cosas son radicalmente distintas: ni existen este tipo de reticencias ni sobran los brazos fuertes, así que las chicas -más de una veintena-, que empezaron a incorporarse a esta tarea hace unos años en dos cofradías -la de la Hermandad de Begoña y la de La Pasión-, son más que bienvenidas. «¿Posturas soeces? ¡Por favor! Aquí nos tratan de maravilla. Nos cuidan un montón», señala Marga Arroyo, sin poder reprimir una pequeña carcajada, horas antes de prepararse para salir de procesión, que en esta época se celebran prácticamente a diario. «¡Son las mejores!», grita de lejos un espontáneo, compañero suyo, como si hubiera oído la conversación.
La auxiliar de clínica, de 41 años e integrante de la Hermandad de Begoña, ríe otra vez de buena gana. «En Bilbao no tenemos este problema... y hacemos falta, porque no hay mucha gente que quiera ser costalero», aclara. En otras ciudades es distinto, hay demasiados 'aspirantes' a este cargo y una encarnizada lucha por conseguir un puesto bajo las andas. «Se rumorea que en algunos lugares hasta se paga por ello», comenta.
Según explica a los profanos en la materia -y se nota que no es la primera vez que resuelve este tipo de dudas-, ser costalera requiere bastante fuerza, ya que los pasos que llevan durante recorridos de más de dos horas van desde los 30 a los 50 kilos, pero, sobre todo, «mucha maña». «Es necesario tener cuidado para no desequilibrarse, para no hacer movimientos que te pueden hacer daño, llevar bien el ritmo...», enumera. Si alguien va a distinto paso que sus compañeros y no realiza bien su cometido, son las anatomías del prójimo las que se resienten, «así que hay que tener cuidado», dice Marga, quien admite que su elevada estatura (supera con creces el 1,70) le permite marchar junto a los hombres sin desequilibrar el reparto de fuerzas. «Nos tallan desde hombro hacia abajo y así ven si todos vamos más o menos al mismo nivel», indica.
Su privilegiada complexión corporal y su enorme ilusión por ser costalera la han inmunizado contra el miedo al cansancio que tienen algunos compañeros suyos. «De músculo voy fenomenal y por mi trabajo estoy acostumbrada a manejarme con pesos... no me da miedo el esfuerzo físico porque, además, mientras estás con el paso, te encuentras tan emocionada que te compensa. Para mí, hay momentos muy especiales, de caérsete las lágrimas: cuando nos cantan una saeta, cuando el público grita emocionado... y, sobre todo, la llegada a Begoña», detalla.
Esta es también la parte preferida de su compañera de cofradía Pilar Merino, una veinteañera. Mientras que a Marga se le metió el gusanillo de ser costalera cuando empezó a acompañar a su madre a las procesiones tras la muerte de su padre, a Pilar las ganas de llevar los pasos le sobrevinieron tras haber visto muchas Semanas Santas -sobre todo en Zamora, de donde procede su familia- y después de haber hecho muchas trastadas de niña a los sufridos cofrades. «Me gustaba tirarles del cordón», admite con un mohín travieso. Este es el tercer año que va a ser costalera y a su madre parece que ya se le han quitado un poco los temores que tenía al principio por el esfuerzo que supone esta tarea. Ella, para sosegar aún más a sus seres queridos y satisfacer a los curiosos, sostiene que «es duro, no insoportable». «Además, nos cuidan muchísimo nuestros compañeros», añade Pilar, que, además, como va al gimnasio con frecuencia para contrarrestar la sedentaria vida de estudiante, soporta sin mayores problemas el reto.
Repaso al público
Lo mismo dice Clara, de 23 años y 1,75 metros de altura. El sufrimiento se hace llevadero a esta costalera de La Pasión, «porque si te ven mareada o necesitas agua, enseguida te la llevan, están todos muy pendientes». Y ella, durante la procesión, recurre a trucos para sobrellevar el peso bajo las andas o arrastrar el paso con un mecanismo de dos ruedas, según el que le toque ese día. Uno efectivo es aguzar los sentidos para percibir las reacciones del público. Es decir, de alguna forma se cambian las tornas y es ella quien se convierte, en cierta manera, en espectadora: «Ves a turistas flipando porque para ellos es un show, a niños asustándose, a gente mayor emocionada... a todos». Y, cuando, además de devolverle la mirada, el público aplaude a los cofrades en reconocimento a su esfuerzo, los dolores se disipan. «Se te pone piel de gallina», confiesa. Eso sí, pasada la magia del momento, al día siguiente de una procesión, «sólo tienes cuerpo para dormir».
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Marga ayuda a su compañera Pilar a ceñirse el 'gerriko', la faja que les proteje las lumbares miembras cargan las imágenes. :: LUIS ÁNGEL GÓMEZ

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