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La destripadora de Barcelona

ESCRITO EN NEGRO

La destripadora de Barcelona

Enriqueta Martí secuestraba niños para vender sus sebos a la gente pudiente como remedio para todo tipo de achaques

20.03.10 - 03:33 -
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Cuando Barcelona no daba para más sangre, después de los ochenta muertos que dejó la represión de la Semana Trágica de 1909, Enriqueta Martí Ripoll era la mujer que merodeaba por el mercado del barrio de Sans, pero no aguardando la ganga del pescadero, sino al acecho de descuidar, como se despista un monedero, a un niño al que destripar y vender sus trozos para botica. Se vestía con una capa negra como el ala siniestra de un murciélago, y dentro de ella hacía desaparecer al chaval, como un mago fingiendo el truco, en un visto y no visto pero sin los aplausos del respetable, casi en la nariz de la madre, que andaba mirándole el ojo a las pescadillas. La pobre mujer, al principio, se acordaba de la alpargata y de que se le iba a dormir la mano de la que le iba a meter, después se le hacía larga la broma, y al final se hacía las cruces. Decían en la ciudad que el progreso era un ídolo que exigía víctimas, decían que una cuadrilla tenebrosa andaba raptando niños para usar sus sebos para lubricar los rodamientos de los cojinetes del ferrocarril que cubría la línea de Barcelona a Mataró, que se había inaugurado unas décadas antes. Ya se habían armado turbas que habían apedreado al caballo de hierro. Cuando la madre iba a la ley, Enriqueta Martí ya se había guardado al mocoso en su piso de la calle Ponent, en donde lo tenía recogido como a una res de corral. Lo amansaba a palos para que no llorase, si era preciso lo cebaba con rancho de sobras y, cuando se presentaba la ocasión, le metía el cuchillo de San Martín y despachaba las mantecas al mejor postor. Por encargo, debido a lo delicado del género.
Las mantecas tienen mala prensa, y en verano todavía peor, cuando toca sacarlas al aire, cada cual con el decoro que sea capaz de echarse al hombro, y sólo queda meter el vientre y administrar el resuello con avaricia, llevando el cuidado de no morir por presumir. La manteca bien gobernada, sin embargo, abriga y guarda para cuando no hay, como bien saben los osos, y si se distribuye con fundamento, es confortable para el que se arrima. Cuando al español le dominaba la superstición, cuando apedreaba el tren de Mataró, pensaba que la grasa de un niño tenía propiedades curativas para enfermedades como la tisis o los males de los huesos. Eso elevó su precio al nivel del azafrán y convirtió a las camadas más populares en criaderos de remedios para quien pudiera pagarlos. Y una vez asentado el negocio, salía la ecuación que escribió Lope: «Viviendo todo falta,/muriendo todo sobra», y a los escrúpulos se los llevaba el viento. Sujetos de poco fundamento moral destriparon críos para venderles los untos a los marqueses con gota. Ocurrió en Hurdes de Plasencia, donde José de la Iglesia mató a la niña Paquita, de doce años, y ocurrió en Béjar, en Salamanca, donde los hermanos Carricedo les cortaron el cuello a dos chavales de siete años cuyas grasas vendieron a un ganadero. El Hombre del Saco no es un cuento, fue Paco Leona, natural de Gádor, en Almería, que paseó dentro de un costal el cuerpo del niño Bernardo González Parra, con el que pretendía hacer emplastos de sangre para aliviar a don Francisco Ortega, el señorón de la comarca, que andaba delicado y tenía cuartos para lujos y fe en los magos negros.
Discípula de Belcebú
Enriqueta Martí no tenía negocios con el ferrocarril porque a ella le iban más las artes antiguas, las que se celebraban al amparo de la noche y del demonio Belcebú. Era ungüentera y maestra en hacer pomadas y en simular virgos, en hacer milagros con cataplasmas de grasa humana y en preparar pócimas de sangre que retrasaban la vejez. Era una mujerona alta que no estaba de mal ver, tenía el pelo negro como el ala de un cuervo, la nariz fina y el talle juncal, había sido furcia cara y a sus cuarenta y dos años todavía retenía. Y estaba como un cencerro. Por el día mendigaba limosnas y comía la sopa boba de la caridad, y por la noche salía vestida de pieles caras y perlas al cuello, y la venían a recoger cochazos de categoría. La Policía municipal le fue a visitar porque creía que podía tener un gallinero en su domicilio y se encontró con dos crías con la piel justita sobre los huesos, vivas de milagro, y peladas al cero. En los armarios guardaba joyas y cuellos de visón, las escrituras de tres o cuatro pisos, y cuchillos jamoneros y botes llenos de grasa de chiquillo. Sólo en huesos había lo de siete niños, pero se calculó que sacrificó a más de veinte. En prisión no cantó su clientela, que debía de ser de notables, por los duros que amasó, y se libró de la justicia de toga pero no de la inexorable ley de la cárcel: las presas la mataron a palos en el patio del penal. La canalla también juega con sus pautas, que casi siempre son estrictas.
A la grasa el español la ha llamado de muchas formas, puede que por la familiaridad que le tiene a los adentros del cerdo y a la exhibición pública de su matanza -seguramente para ostentar su limpieza de sangre en los tiempos en los que la morería se zanjaba en la hoguera-. La ha llamado gordo y manteca, sebo, pringue, unto y untaza, saín o sainete, craso, lardo, que es lo gordo del tocino, gordana, que es la grasa de res, mantillo -mantillo de niño escribió Fernando de Rojas que vendía la bruja Celestina-, churre, murceo y enjundia. La grasa la llevaban los ricos al costal, porque los pobres llevaban los huesos, la piel y el hambre. Y las ganas de comer. La grasa, decían, curaba la tuberculosis. Después llegó la penicilina del doctor Fleming. La medicina del hombre blanco.
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