Abrió un castaño chorreado y terciadito. Finas las puntas. Como las de todos los toros de la corrida de Cuvillo, más afilada que descarada. Una docena larga de lances de Ponce para recoger, fijar, traer y llevar al toro que, empotradito en la primera vara, se fue suelto del caballo. Y volvió a hacerlo de la segunda, antes de la cual Ponce volvió a la carga con unos cuantos capotazos de doma. Con las dos varas tomadas, se fue el toro en escapada repentina hasta el caballo de la puerta para cobrar un tercer puyazo. Le dolió. También las banderillas.
Ponce tanteó, se abrió a los medios y se embarcó en trabajo seguro. Tapado el toro, apenas soltado, librado en los remates de tanda con cites exageradamente abiertos. De perder pasos las tandas limpias y frías, por una mano y la otra. La música estuvo en marcha antes del décimo pase. Ponce prodigó paseos. Las pausas fueron alivio para el toro. En la suerte contraria, Ponce agarró una estocada defectuosa pero letal. Una oreja. La blandió Ponce después como épico trofeo. Tampoco fueron los trabajos de Hércules. Ni el toro del aguardiente.
Ya no hubo más orejas. Era tarde de público fallero puro: de orejas. Fue, por eso, frustrante no está claro si la mayoría que el palco le negara a Castella una de las orejas del toro que saltó después. Le hizo un ajustadísimo quite por chicuelinas abrochado con media y un desplante de desafiar. Rebrincado, claudicante a veces, el toro se vino más al paso que otra cosa y en viajes ciertos pero cortos. Una estocada trasera, tendida y atravesada.
El tercero, hocico puntiagudo, larga la caja, sin enmorrillar, lo manejó Manzanares con soltura. Por la mano buena, que era la derecha. Sin descararse ni atrincherarse. Una estocada con vómito.
Pitaron al cuarto nada más asomar. Pobre presencia. Ponce no disimuló su disgusto.Y tuvo la feliz idea de ser relativamente breve. Siete minutos de faena.
Así de torcida estaba la corrida estrella de Fallas cuando se soltó un quinto muy ajuampedrado, acodado y astifino. Castella brindó a la gente, abrió faena con su lazo famoso de los cambiados por espalda en cite de largo y abrochados con el del desdén, un molinete y la suelta del toro. Faena poco pensada y, por eso mismo, larga. Pinchazo, media, un aviso, dos descabellos.
Bomboncito colorado, el sexto echó las manos por delante. a. Castigado en exceso, se rebrincó mucho el toro. Y mugió lo suyo. Muchas voces de Manzanares, que anduvo firme en el arranque y no tan convencido después. Trajín de los de lo tomo y lo dejo, y lo dejo y lo tomo. Sin mayor excitación. Una soberbia estocada.